Mis primeras despedidas

A pesar de que ha pasado el tiempo, aún se me pone el vello de punta cuando recuerdo la punzada que sentí en el estomago cuando tuve que decirle adiós en la estación. No hubo último beso, ni abrazos, ni palabras de despedida. Sólo un llámame cuando llegues a casa,  y un estaré bien con voz entrecortada. He de decir que tampoco tuvimos tiempo, porque los trenes nunca esperan (en ningún sentido) y porque la puntualidad nunca ha sido mi fuerte. Llegamos con el tiempo justo a la estación, después de comprobar que nos habíamos equivocado de hora, de andén y de que el tren salía en cinco minutos. Y ahora que lo pienso, me alegro de que ocurriera así. Por lo menos, me ahorré una despedida melodramática y los minutos que necesitaba (que no eran muchos) para echarme a llorar en su hombro y pedirle que no se fuera.

Nunca me ha gustado decir adiós y menos, si no sé cuánto tiempo puede transcurrir entre ese adiós y el siguiente. Pero, que no me gusten, no significa que pueda evitarlos. Así que allí me quedé, rodeada de gente, con un ir y venir de viajeros cargados con maletas, de  transeúntes que van y vienen, de gente que llega, que se va, rodeada de sonrisas de bienvenida, de abrazos y de alguna que otra despedida más, pero totalmente sola entre la multitud. Me quedé con un te quiero en la distancia que se desvaneció con el ruido de los motores del tren, con un llanto contenido, un nudo en la garganta y  una única idea que golpeaba mi mente :¿Ahora qué?.

Casi como el primer día de cole, cuando tu madre te lleva de la mano hasta la puerta y te dice que luego vendrá a recogerte. Eso fue lo que hizo Pablo cuando me acompañó a Brighton por primera vez. Pasó conmigo las primeras noches en el hostal y me hizo el vuelo menos angustioso.
Aquel día de cole en el que recuerdo hasta la ropa que llevaba puesta. Con mis vaqueros y la camisa de los loros de colores que tanto me gustaba, con mi pelo recogido con horquillas y con las mismas ganas de llorar. Y no sé, si por vergüenza o por hacerme la fuerte, pero tampoco lo hice. A diferencia de ese primer día, ni mi madre, ni mi novio, podían venir recogerme, ni podían estar allí  para darme un beso y decirme que todo iría bien. Tan solo un mensaje en el móvil. Un llámame, estamos preocupados. ¿Has llegado?.

Mis amigas estaban trabajando aún y la casa quedaba bastante lejos del centro. Ni siquiera tenía llaves. Tampoco conocía la ciudad, así que no se me ocurría ningún sitio donde poder refugiarme y ensimismarme en mis pensamientos por un rato. Comencé a dar vueltas, sin rumbo fijo, con los ojos cristalinos, pero sin llegar a llorar. Y, aunque parezca mentira, tampoco me dio tiempo. Normalmente, siempre se necesita más tiempo para todo, robarle minutos al reloj es el deseo de todo ser humano, pero la falta de tiempo te puede librar de algún que otro mal rato.

En realidad, aunque necesitara aliviarme y sacar todo lo que llevaba dentro, no me apetecía, en absoluto, caer en ese llanto irremediable que se retroalimenta a sí mismo y que cuando empieza, parece no tener fin. Tampoco tenía, en ese momento, a nadie que me consolara, así que no merecía la pena.

Comencé a bajar la calle con toda la intención de sobreponerme a esa pena inevitable de las primeras despedidas, pero ni siquiera para sacar fuerzas de flaqueza y hacer de tripas corazón, tuve tiempo. Justo en ese momento, me topé con una persona que se convertiría con los meses en una amiga, una de los miembros de mi familia brightoniana, Inma. Y con ella sustituí las lágrimas por una charla, que depende del momento, puede ser más reconstituyente que lo anterior. Me gustó hablar con ella porque me contó su experiencia y compartió  conmigo esos primeros momentos en los que también echó de menos a su familia y se sintió igual de perdida que yo. Me despidió con un ¡ánimo¡, porque  los jefes no esperan, ni entienden de kilómetros, ni de aviones ni de familias al otro lado del mundo y tenía que entrar a trabajar.

Un adiós entre aviones

Todos nos tenemos que despedir de personas a las que queremos en alguna ocasión de nuestra vida. A veces, con un para siempre, porque  lo marca la ley de vida y otras, con un hasta luego que marca para los restos.  Y así, es como recuerdo ese día en el aeropuerto de Málaga con mis padres. Aviones que despegan y aterrizan, que llevan de aquí para allá historias de amores, de desencantos, de frustraciones o desesperanza, que cruzan mares para buscar una vida. Viajeros que se sientan a tu lado y buscan una mirada que compartir, un momento de complicidad para comenzar a hablar y desahogarse cuando vuelan rumbo a lo desconocido.

De nuevo, con mis padres, nada de tragedia. Hubo más ingredientes repetidos en ese mejungue de sentimientos en el que no podían faltar las lágrimas contenidas y miradas que hablan solas. A lo mejor, os hubiera gustado escuchar que mi despedida fue como uno de esos anuncios emotivos de vuelve a casa por Navidad. Pero no. De nuevo, faltaron los abrazos, las palabras y faltó tiempo. Con el tiempo justo: un cuídate y un te esperamos y las sabias palabras de mi padre en las que no podía faltar la vena periodística. Escribe de esto y de aquello que estos serán testimonios que pasarán a  la historia. Suficiente. Me bastó. Eso, y la mirada de unos padres que ponen todas las esperanzas en que su hija vuelva lo antes posible y cumpla “su objetivo” de aprender inglés. Digo, su objetivo entre comillas porque, al final, la rutina te come terreno y las facturas que llegan con ceros de más, logran que pierdas el horizonte. Llega un momento en que pierdes “la razón de ser” de estar aquí y lo único que tienes en mente es llegar a final de mes para pagar el alquiler, el agua y la luz.

No somos aventureros ni nada parecido, representamos a la juventud más preparada a la que le han quitado su futuro. Y cada uno escoge su manera de luchar y, sin entrar a juzgar a nadie, ésta es la mía.

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