Costa: el bandejitas day

Mi etapa en Costa fue dura y satisfactoria al mismo tiempo. Aprendí a observar la vida con otros ojos. Allí encontré a mis primeros amigos, viví mis primeras aventuras y empecé a encontrarme a mí misma. Nueve horas quitando bandejas dan para pensar mucho, sirven para remover sentimientos y te ayudan a plantearte qué quieres hacer, para qué estás allí y cuál va a ser tu próximo movimiento. Pero, antes de dar el siguiente paso, exprimí mi etapa en Costa a fondo.

La Costa Pandi, tal y cómo denominé a mis nuevos amigos, me permitió conocer otra parte de Brighton. Una pandilla diferente, con amigos de todas las nacionalidades, la mayoría de países del Europa del Este: Bulgaria, Lituania, Rumania, Estonia, también de República Checa, e incluso de Corea. Un mestizaje cultural que despertó, de nuevo, mi vena periodística que deseaba saber más de sus estilos de vida, de qué hacían ellos en Brighton, cuánto tiempo querían quedarse allí, qué hacían antes de venir y sobre todo, dónde y cómo habían aprendido a hablar ese inglés de nota.

Eran gente viajera, de paso, que hoy vive aquí, mañana allí. Buscavidas, en el mejor sentido de la palabra que, desde luego, no están preocupados por una hipoteca ni por estabilizar sus vidas. Una mentalidad totalmente diferente. Vidas y culturas totalmente alejadas que se reflejaban en el carácter y en la forma de ser. Al principio, algunos de ellos, mostraban un cara más seria e introvertida y les costaba coger confianza, pero una vez superada esa barrera, conseguías un amigo con el que poder contar.

Con Lucy, la chica coreana, intimé mucho. Me gustaba hablar con ella, porque aparte de que hablaba un inglés bilingüe, me llamaba mucho la atención su historia. En Corea del Sur, el índice de suicidios entre la gente joven es muy elevado debido al nivel de presión que sienten con respecto a los estudios. Siempre abocados a superarse, a conseguir ser los mejores profesionales en el futuro, a tener dos carreras y ocho idiomas. Estudian durante más de diez horas al día, seis días a la semana, no hay tiempo para el descanso ni para el ocio. La productividad gobierna su vida durante 24 horas. Antes de ir a Brighton, había visto un reportaje sobre la vida en Corea del Sur, pero qué mejor que hablar con Lucy para que me contara, en primera persona, cómo ella había “huído” de ese tipo de vida. Había estudiado Políticas y algo relacionado con el Derecho Europeo, pero quería vivir su vida y se fue de Corea hacía ya cinco años. Sus padres no estaban de acuerdo con su decisión, pero Lucy no quería volver. Antes de venir a Brighton, había vivido dos años en Australia y ahora lo único que le preocupaba era que le caducaba la Visa y ya no tenía más plazos para renovarla.

Pasábamos nuestros días libres en la cafetería del Costa, tomando el sol (cuando se podía) y bebiendo café gratuito, por supuesto. Un cappuccino tras un cortado, o un batido de mocca tras otro de chocolate. Siempre buscando la manera más económica de ahorrar un poco, aunque, eso sí, cuando decíamos de salir de fiesta no escatimábamos en gastos en lo que alcohol se trataba. Empezábamos con vodka, seguíamos con tequila, con ron y acabábamos con una resaca del quince que no había manera de aguantar al día siguiente.

Mis días transcurrían en un ir y venir de bandejas y las horas en Costa pasaban lentas, sobre todo, en esos días de resaca, cuando parecía que el reloj de la cocina se había roto. Las jornadas eran interminables. La única distracción era chapurrear inglés con algunos clientes que querían ligar contigo y así, los minutos se hacían un poco más livianos. Pero, la verdad, es que los días que trabajaba con Tomas, mi amigo checo, no me acordaba tanto de mirar la hora. Risas, charlas en la cocina y merendolas cuando no había ningún jefe merodeando. Comenzamos a trabajar juntos y conectamos muy bien.

La comunicación se hacia un poco difícil porque ninguno de los dos éramos unos linces con el idioma y había muchos malentendidos que provocaban, a veces, situaciones cómicas que hacían que nos riéramos durante horas. Hablábamos de nuestra vida, de lo que nos había llevado a Brighton, de nuestras expectativas e ilusiones. Él no entendía nada de lo que yo le contaba: “¿Una periodista, en Costa?”. “Sí, la crisis”, contestaba yo. Pero me miraba incrédulo, como si no entendiera muy bien. Él no había estudiado nada, tampoco quería. Comenzó a trabajar desde muy joven y había sido un aventurero. Había vivido aquí y allí, siempre trabajando en hostelería. Si le hablabas de futuro, te contestaba con un mañana. Ese era su futuro, no había más. Yo, cada vez que algún cliente se dejaba un periódico en la mesa me lo llevaba a la cocina y lo ojeaba, intentaba traducirlo, miraba las fotografías y el diseño y cuando terminaba siempre decía: “Tomas, algún día escribiré aquí”. Él me miraba muy serio y me decía, “por supuesto.  Cuando domines el inglés, serán tuyos”. Pero aún quedaba mucho.

Al principio, pasaba mis días en la cocina poniendo lavavajillas y recogiendo mesas, pero no había momento que no me quejara y pidiera pasar a caja. En un par de semanas, lo logré, pero sólo durante media jornada, porque había veces que no lograba entender a los clientes y me mandaban de nuevo a recoger bandejas. Me gustaba tener trato con el público, pero me resultaba muy difícil al mismo tiempo. Había que ser chica multitarea y a la vez, muy rápida, porque en el plazo de diez segundos, con una cola inmensa, tenías que coger la orden, cantarla a los compañeros que estaban en la cafetera, cobrar en una pantalla principal donde había 6 páginas de menú y preparar todas las bandejas (que dependiendo del café iba acompañado de plato grande, pequeño, mediano, cuchara larga o corta… un follón). Se consigue coordinar con el tiempo, pero al principio mi cerebro se colapsaba y me resultaba casi imposible.

Las largas colas que salían por la puerta acrecentaban la presión que ya de por sí sentía cuando te enfrentabas a clientes que aparte de hablar rápido y muy bajito, pedían ocho tipos diferentes de cafés con sus correspondientes modificaciones: uno con crema, el otro con leche fría, el otro con algodones…Así que aparte de la tener que afinar el oído más que en un exámen de listening del Advance, había que tener una gran memoria, casi de elefante.

A las dos semanas me acostumbré a la caja, prueba superada. Eso sí, Carla, “La gallega”, me ayudó mucho cuando yo no lograba entender a los ingleses. Ella llevaba viviendo en Brighton más tiempo y su nivel era bastante bueno, así que pegaba el oído y me traducía por lo bajini. Aún así, tuve algún que otro percance con algún cliente estúpido que me costó una bronca de mis jefes. Recuerdo, de hecho, un día en el que no entendí la orden y contesté con un ¿what? que en Inglaterra está considerado de muy mala educación. Una respuesta rápida que en el fondo , quería decir ¿Can you repite please?, pero la presión me jugó una mala pasada y el cliente puso una reclamación. Primera visita con el jefe y casi última. Una semana más tarde dejé la cafetería. Otra nueva etapa se abría en Brighton y el destino me tenía reservadas nuevas sorpresas.

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