¿Es Whatsapp un medio de comunicación eficaz?

Whatsapp ha modificado nuestros hábitos de comunicación, ha revolucionado el lenguaje y ha transformado las formas que tenemos de relacionarnos en sociedad. Una aplicación que se caracteriza por la rapidez y la inmediatez a la hora de enviar mensajes de manera instantánea. Además, el lenguaje que utilizamos en WhatsApp tiende a la economía de palabras, a escribir lo mínimo posible dentro de unos parámetros de comunicación eficaces. Así, Q, mñn, grc, ok, bn, vs, dde, xq, tas, toy son algunas de las abreviaturas más usadas en los mensajes de Whatsapp, lo que provoca un uso de la ortografía incorrecta que fomenta los fallos gramaticales de la escritura en castellano.

imagen wasapLa semióloga Olga Corna sostiene que estamos “ante una revolución tan grande como la que provocó, en 1440, la imprenta de Gutenberg. Y sin dudas las transformaciones generan temores. ¿Está cambiando el lenguaje para siempre? ¿Se perdió la ortografía tal como la conocimos? ¿Morirán los libros?”, así lo expresa en el artículo titulado El WhatsApp revoluciona el lenguaje y  modifica las formas de comunicación de la web la capital.com.ar 

La aparición de los dispositivos móviles cargados de aplicaciones y la posibilidad de conexión a internet han provocado que la comunicación sea cada vez más veloz y mucho más efímera que una charla personal. Se han reemplazado las llamadas por teléfono, los mensajes de móvil y las quedadas concretadas en palabras por mensajes de Whatsapp. Por eso se utilizan —como nunca antes en el lenguaje escrito— los íconos que reemplazan palabras. “Se usan otros recursos como el apocopar las palabras, sintetizarlas, pero no como siglas. Se podría hablar de un nuevo código cargado de una fuerte iconografía”, destacó la semióloga.

wassap

Además, antes de la llegada de estas aplicaciones,  la comunicación iba acompañada de gestos, de tonos, de movimientos como el guiño de un ojo, encogerse de hombros o una sonrisa. El lenguaje no verbal forma parte esencial en el proceso comunicativo y representa,  al menos un 80% de lo que queremos trasmitir. Con un medio como Whatsapp, perdemos gran parte de la información que se quiere expresar y en variadas ocasiones, el receptor no sabe cómo interpretar el mensaje textual por falta de datos.

Por ello, desde mi punto de vista, Whatsapp es un medio de comunicación en sí mismo que presenta carencias para llegar a una comunicación eficiente y completa. Whatsapp se adapta a la perfección a una sociedad que se encamina a expresarse con brevedad, con mensajes cortos, y concisos. Sin embargo, con este tipo de dinámicas, el lenguaje castellano rico en verbos y en vocabulario se distorsiona, se desfigura y se empobrece, ya que aplicaciones como Twitter o el propio Whatsapp incitan al usuario a manifestar sus opiniones y comentarios de forma escueta, prescindiendo de frases subordinadas, ausencia de conectores o signos de interrogación.

La Reencarnación ¿Volvemos a este mundo de nuevo?

La Reencarnación ¿Volvemos a este mundo de nuevo?

santiago vazquez

¿Volvemos a este mundo en un nuevo cuerpo? ¿ volvemos para evolucionar espiritualmente? ¿decidimos nuestro destino antes de nacer? ¿heredamos deudas de otras vidas? ¿nos ponemos pruebas para superarlas en el momento de nuestro supuesto regreso? .Para hablar de ello en profundidad, esta noche entrevistaremos a Santiago Vázquez, un investigador con una amplia trayectoria en diversos programas de radio y televisión como Cuarto Milenio de Iker Jiménez entre otros.

La España fabulosa, ritos, costumbres y leyendas y Misterios de Egipto ¿quién construyó las pirámides?

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En esta ocasión vamos a viajar por la España secreta. Esa España dónde magia, ritos y tradición se dan la mano. Conoceremos leyendas como la del Sillón del Diablo de Valladolid o la Diablesa de Orihuela y todo ello con un invitado de lujo Jesús Callejo Cabo.

En nuestra segunda hora tendremos a Manuel José Delgado Martínez, con quien conversaremos de Egipto, ¿Verdaderamente las pirámides y otras estructuras famosas como la esfinge fueron creadas tal y como nos cuenta la arqueología oficial? o ¿ tienen más tiempo del que creemos? todo esto aquí en Desde el otro lado con Azahara Vigueras y Daniel Maya

 

El día que decidí volver

Hace meses que dejé de escribir. En Inglaterra no tenía tiempo debido al trabajo y ahora, sentada en el sofá de casa con mi chocolate caliente, aquellas experiencias que marcaron un antes y un después en mi vida han quedado tan lejanas en la memoria que, incluso, ha perdido el sentido para mí hablar de ellas.
Siento como si entre aquella etapa y el momento presente hubieran pasado años luz, como si todo hubiera formado parte de un sueño lejano del que solo recuerdo algunos capítulos. El resto, supongo que los he borrado o, porque no me gustó y lo bloqueé en mi cabeza o porque tengo muy mala memoria. Y es precisamente por eso, por lo que hoy he vuelto a golpear el teclado de este ordenador con el ánimo de recordar, para no olvidar esas experiencias pasen los años que pasen.

Mis amigos
De mis amigos no sé mucho aunque intentamos permanecer en contacto. Siempre gusta saber cómo les va la vida por allí e incluso que te pongan al día de los cotilleos de fulanito o menganito. Nos comunicamos por wastapp y si coincide que están de paso por España nos llamamos por teléfono, pero poco más. Ya no es lo mismo y echo de menos vivir con mis amigas: las risas de madrugada, cambiar el mundo a las cinco de la mañana, ver pelis de un mismo actor en bucle, cocinar brócoli, comer las galletas de chocolate del Lídel, el chocolate blanco de la librería, las visitas al hotel que me alegraban el día cuando ya no podía soportar más clientes maleducados, el “Aza to the till” de Alex cuando trabajaba en Berhska e, incluso ir al gimnasio intercambiándonos la clave para no tener que pagar más. Aquí pago mi mensualidad… Hasta en esas cosas cambian. Son tantos momentos, que cuando me asalta algún flashback de esa época, no me queda otra que reírme a solas o emocionarme a escondidas con esas canciones que consiguieron alegrarme el día en los momentos de bajón.

Distintos caminos
Nos separamos. Cada uno de nosotros tomó un camino distinto. Personalmente, perder la casa fue una de las razones que me impulsó a poner de nuevo rumbo a Granada. Por una parte, nos cumplía el contrato del piso, algo que me causaba alivio en cierto modo, ya que se me hacía muy cuesta arriba llegar a final de mes y pagar 300 libras de mensualidad más facturas aparte. Deshacerme de ese lastre “hipotecario” me quitó una piedra de Stonhenge de las espaldas. La vida en Inglaterra es muy cara y los contratos temporales encadenados no ayudaban a mantener los ingresos. Teniendo en cuenta que tuve ocho empleos en menos de un año, no es de extrañar que el alquiler se convirtiera en mi talón de Aquiles durante en el tiempo que viví en Inglaterra.
Además, las condiciones en la casa cada día eran peores. Al principio, nos quejamos a la agencia porque había humedades en el techo del baño y el agua de la bañera no filtraba. Nos dieron largas. Al final, acabamos desechando la idea de usar esa parte de la casa. No tenía arreglo. Edificada bajo cimientos casi tercermundistas hubiera habido que tirar todo el edificio para poner fin a aquel desastre. Tras un invierno de lluvias y frío, donde el agua caló hasta en lo más profundo de nuestra pequeña morada, la humedad se hizo tan insoportable que costaba hasta respirar. El baño, que se encontraba en el sótano quedó totalmente inhabilitado y para mí, la piscina municipal se convirtió en un spa personal. En sentido figurado, por supuesto. Pero, tengo que reconocer que esas largas duchas calientes me salvaron el invierno y me libraron de muchas contracturas musculares provocadas por el estrés del hotel, de la tienda y de los otros tropecientos lugares donde trabajé.

El trabajo

El trabajo tampoco ayudó a la hora de tomar la decisión. A pesar de que me ofrecieron un contrato indefinido como recepcionista ( con mi plan de pensiones y todo jajaj), la experiencia en el hotel Mercure no compensaba. Demasiados malos ratos aguantando quejas de clientes maleducados y racistas como para sacrificar otra Navidad alejada de mi familia y amigos. Así que cada uno de nosotros tomó un nuevo rumbo. En septiembre, uno días antes de la renovación, decidí desempolvarme el miedo y avisé a la dirección del hotel de mi decisión de volver. No se lo tomaron bien. Pero eso es otro capítulo.
Era definitivo. Ni me quedaban fuerzas para encontrar otro empleo, ni aunque lo hubiera encontrado, habría aguantado el estrés de enfrentarme a un nuevo reto. Agotada, mental y físicamente, me convencí de que era momento de empaquetar y hacer las maletas. Me daba miedo volver y tardé meses en decidirme. Tampoco llevaba viviendo allí demasiado tiempo como para estar tan quemada, pero lo estaba.
Me planteé encontrar otro empleo, pero la temporada de invierno se echaba encima y ya se estaba haciendo tarde. Lo medité algunas noches, busqué señales (esas que yo llamo, señales del destino que me indican cuando una etapa ha acabado y tengo que iniciar un nuevo capitulo). No las encontré al principio o tal vez, no las quería ver.
Mis dudas me impulsaron a plantearme irme a Madrid, tal vez Sevilla, tal vez Londres, pero necesitaba descansar. El ambiente de trabajo en el hotel hizo el resto y una mañana de estrés infernal me quité el uniforme y me fui a casa con la certeza de que no volvería a entrar por la puerta. Y en ese momento de impulso, de cabreo sostenido durante meses, de estar harta, la única pregunta que cruzaba mi mente, casualmente, fue la misma que me hice cuando llegué allí: ¿ Ahora qué?

Unos decidieron quedarse y seguir probando suerte en tierras inglesas, otros decidieron volver e intentar meter cabeza en el mundo del periodismo de nuevo, otros ya nos hemos conformado con meter cabeza, simplemente. Eso sí, tengo que reconocer que estoy feliz. Volví a dejar que el viento me guiara en mi trepidante velero y llegué hasta un lugar insospechado, pero que me gustó. Ahora, doy clases como profesora de inglés en una academia para niños. Sé que me gusta porque cada día vuelvo a casa con una sonrisa en la cara. Por sus comentarios, por sus ocurrencias, por hacerme reír y porque me enriquecen como persona. ¿Dónde estaré mañana? Eso, aún es una incógnita que , en días como hoy, me hacen golpear el teclado del ordenador con fuerza, intentando leer entre líneas qué quiero hacer o hacia donde quiero ir.

El futuro
Hoy, vuelvo a conversar de madrugada con este gran amigo al que se le da bien escuchar, pero se queda mudo a la hora de dar consejos. Sin pensar, he comenzado a escribir como solía hacer en aquellas noches en vela en las que ni una botella de vino podía calmar la inquietud que sentía por no poder predecir el futuro. Ni la pitonisa más experimentada del mundo podría. Y ya no hablamos de un futuro a diez años vista, si no, ni siquiera el futuro a corto plazo. Ni siquiera ya tenía poder para controlar qué pasaría mañana. Movida por decisiones y movimientos rápidos me dejé llevar en mi velero por la dirección del viento. A la deriva, con ganas de avistar tierra y poder reposar y navegar en calma.

No es fácil volver. Tampoco lo es quedarse. A medio camino entre la vida que iniciaste allí y tu nueva realidad, ya en casa, intentas hacerte un hueco. Un espacio en blanco, un lapsus de tiempo que te ha hecho crecer como persona, pero que te lo ha puesto, aún si cabe, más difícil. Ahora, conoces otra realidad, otra forma de vivir, de pensar. Una etapa que te ha roto los esquemas, una etapa que no te ha juzgado ni por tu edad, ni por el trabajo que tenías, ni por lo que la sociedad o los demás esperaban de ti, sino que te ha dejado vivir a tu aire, sin ataduras, sin mirar atrás. ¿Cómo reconciliarte ahora con la vida que dejaste aquí cuando encima, no te dejan espacio para desarrollarte ni personal ni profesionalmente?
A pesar de todas tus dudas, todos tus miedos e incertidumbres y con ese sentimiento de desarraigo que acompaña a los marineros que viven hoy aquí y mañana allí, vuelves a izar velas en un día de levante, intentando que el viento te empuje y te lleve lejos, a nuevos destinos, nuevas islas inexploradas.

A mis amigos emigrantes. A aquellos que estuvieron a mi lado en cada momento agridulce, en cada momento feliz y cambiante. Por nuestras noches en vela cambiando el mundo.

Brighton: la montaña rusa emocional

Los días en Brighton eran largos. No sólo por las intensas jornadas de trabajo, sino en sentido literal. A las cinco y media de la mañana era totalmente de día y un sol de justicia se colaba por la puerta de la terraza que era nuestra única salida al exterior. No teníamos ventanas en casa. A veces, te despertabas desorientada creyendo que llegabas tarde a currar, creyendo que eran las doce del mediodía, que el despertador no había sonado. No teníamos persianas, así que una de dos: o metías la cabeza debajo de la almohada o te comprabas un antifaz. Y si los días eran largos, algunas noches, más aún.

Cuando llegó Mayo y el calor comenzó a hacer mella en una cama de 1,60 donde dormíamos tres y no cabía ni un alfiler, decidí pasarme al sofá para no abusar de la solidaridad de mis compañeras. Así, pudimos descansar todas algo mejor. Por aquella época me pasaba el día quitando bandejas durante nueve horas en la cafetería, con lo que aquella especie de sillón con cojines duros se había convertido en una tortura china que lo único que acrecentaba era mi dolor de espalda. Pero, el cansancio me vencía y lograba dormir del tirón al menos seis horas. Todo un éxito después de las noches de insomnio que venía padeciendo.

No fui la única que durmió en el sofá. Nos íbamos turnando. A veces, nos quedábamos dormidas juntas viendo algún programa basura que nos permitía desconectar por un rato de nuestra realidad y reírnos de las gilipolleces de televisión. En otras ocasiones, sobre todo cuando había vino en la cena, un invitado bastante habitual en nuestras tertulias de madrugada, conectábamos nuestra vena periodística y debatíamos con entusiasmo sobre Pablo Iglesias y Podemos o la proclamación de Felipe VI. Todo, con la perspectiva que te da vivir a muchos kilómetros de casa. Con ganas de volver en el futuro, aunque por más que lo pensáramos, no sabíamos si ese futuro estaba lejano o no.

Aprendimos a vivir al día, a no darle demasiadas vueltas a la cabeza, intentando no pensar en el mañana, tal y como aprendí de mis amigos brightonianos. Disfrutando de pequeñas cosas que antes nunca había apreciado y ahora me hacían feliz: beberme una cerveza viendo un atardecer desde el muelle, subirme en la noria, escuchar mi canción favorita, cocinar o comer galletas de chocolate sin parar en las tardes de frío invierno. Incluso ir al cine se convirtió en toda una aventura. Me hacía ilusión porque normalmente no me lo podía permitir. Dependía del mes y solo de vez en cuando. Por eso, en más de una ocasión, intentamos colarnos y ahorrar esos nueve pounds de la entrada que para nuestras economías suponían un atraco a mano armada. No teníamos mucho éxito, ya que disimular nunca ha sido nuestro fuerte, así que nos acababan cazando. Vuelta a empezar. Salíamos por la puerta y volvíamos a entrar como si fuéramos clientes, pero esta vez con todas las miradas de los guardas de seguridad clavadas en nuestros movimientos. La mayoría de las veces nos decantábamos por esa película ñoña y romanticona que tan sólo lográbamos entender al 100% en las escenas de sexo. Algo fácil con lo que mejorar oído y no nos quebrara mucho la cabeza. Las tertulias tras la pelí eran un cachondeo, parecía que cada uno se había metido en una sala de cine diferente. “¿Pero, por qué la mujer le abandona?, ¿quién era ese tipo que aparece al final, el amante?”. A lo mejor aún no éramos unos crack en el idioma, pero lo que sí estaba claro es que nos equivocamos de profesión y lo nuestro era ser guionistas de cine. Al final, cada uno inventaba lo que le daba la gana y todos tan felices. Había sido como ir a ver una película muda a la que tú le pones el diálogo.

Ir al cine y comer jamón se convirtieron en lujos persas y todas deseábamos que alguna fuera de vacaciones a casa para que trajera la maleta llena de embutido porque no nos quedaban reservas. Mientras tanto, nos conformábamos con comprar vino y pizza para animarnos tras un día duro de trabajo, volver a dormir juntas porque nos daba miedo que entrara algún violador por el cuartillo de las bicicletas y hartarnos de reír sin saber por qué. Exprimiendo a tope la experiencia, sacándole todo el jugo, llegando nuestra mochila de momentos y vivencias inolvidables que nos ayudarían a afrontar todo lo que fuera viniendo en nuestra vida

En Brighton, maduré mucho y aprendí a ser paciente, a tomarme la vida de otra manera, a vivir sin prisa, porque hasta ahora, lo único que había hecho era correr sin parar para poder llegar a algún sitio, a alguna meta, el problema es que no sabía ni a dónde. Correr, en la dirección contraria, tal vez. En Brighton frené, respiré y aprendí a saborear los momentos.

Cuando Podemos y Pablo Iglesias saltaron a los medios de comunicación, comenzaron a remover sentimientos entre la comunidad de españoles en el extranjero. Empezamos a prestar un poco de más atención a la actualidad en nuestro país, algo importante estaba ocurriendo que había revolucionado la realidad política en España. Al principio, era un tío con coleta que discutía con Eduardo Inda en La sexta noche, más tarde, Podemos ganó cinco escaños en las elecciones europeas y a partir de ahí, se convirtieron en un fenómeno mediático que generaba debate allá donde fueras. En los bares con los amigos, en el trabajo y sobre todo, en casa. A Ana, a veces, no le sentaba bien intentar cambiar el mundo a las cinco  de la madrugada. Se lo tomaba muy en serio y luego se despertaba en mitad de la noche con una especie de episodios sonámbulos diciendo que no habíamos votado en la elecciones europeas o que teníamos que ir a la Embajada a solicitar información para poder votar en las generales. “Si no votamos, no hay futuro para nosotros”, afirmaban muchos de mis amigos.

A pesar de intentar estar informadas leyendo prensa digital, ver algún que otro programa de Al rojo Vivo, La sexta noche o las última discusión entre Inda y Pablo Iglesias, la mayoría de los días, el cansancio mental nos podía y lo único que queríamos era desconectar. Así que había días que lo mismo nos daba por ver un documental sobre el conflicto palestino-israelí que por ver Sálvame, lo mismo nos daba por reír que por llorar, por comer hamburguesa cuatro días seguidos porque no teníamos tiempo de cocinar, que nos tirábamos cocinando todos nuestros días libres esas lentejas que tu madre te hace con tanto cariño y que saben tan bien cuando estás tan lejos.

Supongo que nuestras acciones denotaban  un estado de ánimo a modo de montaña rusa. Picos emocionales que bailaban entre lo excitante de los días  inolvidables en Londres y los días interminables de bajón recogiendo bandejas o limpiando durante nueve horas. A veces, íbamos a visitarnos al trabajo para darnos ánimo. A lo mejor quedaban cinco horas para que terminara tu jornada laboral, pero esas palabras de aliento de tus amigas, te daban la energía necesaria para continuar el día. Unos minutos para recargar pilas, la media hora del almuerzo que se convertía en ese momento de complicidad para contar los cotilleos del día: que han sustituido al jefe, que ha entrado una nueva chica a trabajar que se ha liado con menganito o fulanito o que la borrachera de Lucy (mi amiga coreana) había sido monumental la noche anterior. Banalidades al fin y al cabo con las que reírte un rato. Ana solía cantarme lo que para nosotras fue la canción del verano 2014: el bandejitas day y tengo que admitir que sin sus canciones de ánimo, no hubiera sido los mismo.