El día que decidí volver

Hace meses que dejé de escribir. En Inglaterra no tenía tiempo debido al trabajo y ahora, sentada en el sofá de casa con mi chocolate caliente, aquellas experiencias que marcaron un antes y un después en mi vida han quedado tan lejanas en la memoria que, incluso, ha perdido el sentido para mí hablar de ellas.
Siento como si entre aquella etapa y el momento presente hubieran pasado años luz, como si todo hubiera formado parte de un sueño lejano del que solo recuerdo algunos capítulos. El resto, supongo que los he borrado o, porque no me gustó y lo bloqueé en mi cabeza o porque tengo muy mala memoria. Y es precisamente por eso, por lo que hoy he vuelto a golpear el teclado de este ordenador con el ánimo de recordar, para no olvidar esas experiencias pasen los años que pasen.

Mis amigos
De mis amigos no sé mucho aunque intentamos permanecer en contacto. Siempre gusta saber cómo les va la vida por allí e incluso que te pongan al día de los cotilleos de fulanito o menganito. Nos comunicamos por wastapp y si coincide que están de paso por España nos llamamos por teléfono, pero poco más. Ya no es lo mismo y echo de menos vivir con mis amigas: las risas de madrugada, cambiar el mundo a las cinco de la mañana, ver pelis de un mismo actor en bucle, cocinar brócoli, comer las galletas de chocolate del Lídel, el chocolate blanco de la librería, las visitas al hotel que me alegraban el día cuando ya no podía soportar más clientes maleducados, el “Aza to the till” de Alex cuando trabajaba en Berhska e, incluso ir al gimnasio intercambiándonos la clave para no tener que pagar más. Aquí pago mi mensualidad… Hasta en esas cosas cambian. Son tantos momentos, que cuando me asalta algún flashback de esa época, no me queda otra que reírme a solas o emocionarme a escondidas con esas canciones que consiguieron alegrarme el día en los momentos de bajón.

Distintos caminos
Nos separamos. Cada uno de nosotros tomó un camino distinto. Personalmente, perder la casa fue una de las razones que me impulsó a poner de nuevo rumbo a Granada. Por una parte, nos cumplía el contrato del piso, algo que me causaba alivio en cierto modo, ya que se me hacía muy cuesta arriba llegar a final de mes y pagar 300 libras de mensualidad más facturas aparte. Deshacerme de ese lastre “hipotecario” me quitó una piedra de Stonhenge de las espaldas. La vida en Inglaterra es muy cara y los contratos temporales encadenados no ayudaban a mantener los ingresos. Teniendo en cuenta que tuve ocho empleos en menos de un año, no es de extrañar que el alquiler se convirtiera en mi talón de Aquiles durante en el tiempo que viví en Inglaterra.
Además, las condiciones en la casa cada día eran peores. Al principio, nos quejamos a la agencia porque había humedades en el techo del baño y el agua de la bañera no filtraba. Nos dieron largas. Al final, acabamos desechando la idea de usar esa parte de la casa. No tenía arreglo. Edificada bajo cimientos casi tercermundistas hubiera habido que tirar todo el edificio para poner fin a aquel desastre. Tras un invierno de lluvias y frío, donde el agua caló hasta en lo más profundo de nuestra pequeña morada, la humedad se hizo tan insoportable que costaba hasta respirar. El baño, que se encontraba en el sótano quedó totalmente inhabilitado y para mí, la piscina municipal se convirtió en un spa personal. En sentido figurado, por supuesto. Pero, tengo que reconocer que esas largas duchas calientes me salvaron el invierno y me libraron de muchas contracturas musculares provocadas por el estrés del hotel, de la tienda y de los otros tropecientos lugares donde trabajé.

El trabajo

El trabajo tampoco ayudó a la hora de tomar la decisión. A pesar de que me ofrecieron un contrato indefinido como recepcionista ( con mi plan de pensiones y todo jajaj), la experiencia en el hotel Mercure no compensaba. Demasiados malos ratos aguantando quejas de clientes maleducados y racistas como para sacrificar otra Navidad alejada de mi familia y amigos. Así que cada uno de nosotros tomó un nuevo rumbo. En septiembre, uno días antes de la renovación, decidí desempolvarme el miedo y avisé a la dirección del hotel de mi decisión de volver. No se lo tomaron bien. Pero eso es otro capítulo.
Era definitivo. Ni me quedaban fuerzas para encontrar otro empleo, ni aunque lo hubiera encontrado, habría aguantado el estrés de enfrentarme a un nuevo reto. Agotada, mental y físicamente, me convencí de que era momento de empaquetar y hacer las maletas. Me daba miedo volver y tardé meses en decidirme. Tampoco llevaba viviendo allí demasiado tiempo como para estar tan quemada, pero lo estaba.
Me planteé encontrar otro empleo, pero la temporada de invierno se echaba encima y ya se estaba haciendo tarde. Lo medité algunas noches, busqué señales (esas que yo llamo, señales del destino que me indican cuando una etapa ha acabado y tengo que iniciar un nuevo capitulo). No las encontré al principio o tal vez, no las quería ver.
Mis dudas me impulsaron a plantearme irme a Madrid, tal vez Sevilla, tal vez Londres, pero necesitaba descansar. El ambiente de trabajo en el hotel hizo el resto y una mañana de estrés infernal me quité el uniforme y me fui a casa con la certeza de que no volvería a entrar por la puerta. Y en ese momento de impulso, de cabreo sostenido durante meses, de estar harta, la única pregunta que cruzaba mi mente, casualmente, fue la misma que me hice cuando llegué allí: ¿ Ahora qué?

Unos decidieron quedarse y seguir probando suerte en tierras inglesas, otros decidieron volver e intentar meter cabeza en el mundo del periodismo de nuevo, otros ya nos hemos conformado con meter cabeza, simplemente. Eso sí, tengo que reconocer que estoy feliz. Volví a dejar que el viento me guiara en mi trepidante velero y llegué hasta un lugar insospechado, pero que me gustó. Ahora, doy clases como profesora de inglés en una academia para niños. Sé que me gusta porque cada día vuelvo a casa con una sonrisa en la cara. Por sus comentarios, por sus ocurrencias, por hacerme reír y porque me enriquecen como persona. ¿Dónde estaré mañana? Eso, aún es una incógnita que , en días como hoy, me hacen golpear el teclado del ordenador con fuerza, intentando leer entre líneas qué quiero hacer o hacia donde quiero ir.

El futuro
Hoy, vuelvo a conversar de madrugada con este gran amigo al que se le da bien escuchar, pero se queda mudo a la hora de dar consejos. Sin pensar, he comenzado a escribir como solía hacer en aquellas noches en vela en las que ni una botella de vino podía calmar la inquietud que sentía por no poder predecir el futuro. Ni la pitonisa más experimentada del mundo podría. Y ya no hablamos de un futuro a diez años vista, si no, ni siquiera el futuro a corto plazo. Ni siquiera ya tenía poder para controlar qué pasaría mañana. Movida por decisiones y movimientos rápidos me dejé llevar en mi velero por la dirección del viento. A la deriva, con ganas de avistar tierra y poder reposar y navegar en calma.

No es fácil volver. Tampoco lo es quedarse. A medio camino entre la vida que iniciaste allí y tu nueva realidad, ya en casa, intentas hacerte un hueco. Un espacio en blanco, un lapsus de tiempo que te ha hecho crecer como persona, pero que te lo ha puesto, aún si cabe, más difícil. Ahora, conoces otra realidad, otra forma de vivir, de pensar. Una etapa que te ha roto los esquemas, una etapa que no te ha juzgado ni por tu edad, ni por el trabajo que tenías, ni por lo que la sociedad o los demás esperaban de ti, sino que te ha dejado vivir a tu aire, sin ataduras, sin mirar atrás. ¿Cómo reconciliarte ahora con la vida que dejaste aquí cuando encima, no te dejan espacio para desarrollarte ni personal ni profesionalmente?
A pesar de todas tus dudas, todos tus miedos e incertidumbres y con ese sentimiento de desarraigo que acompaña a los marineros que viven hoy aquí y mañana allí, vuelves a izar velas en un día de levante, intentando que el viento te empuje y te lleve lejos, a nuevos destinos, nuevas islas inexploradas.

A mis amigos emigrantes. A aquellos que estuvieron a mi lado en cada momento agridulce, en cada momento feliz y cambiante. Por nuestras noches en vela cambiando el mundo.

Diario de un inmigrante

Mis primeros pasos

Después de unas cuantas noches sin pegar ojo pensando qué hacer para darle un poco de impulso a mi vida y tras haber agotado toda alternativa de proyección profesional como periodista en España, decidí irme al extranjero a trabajar. Como cientos de jóvenes en nuestro país, ante la falta de oportunidades laborales, me vi abocada a guardar cuatro trapos en una maleta y a comprar un billete de avión con destino a Inglaterra. Por desgracia, con billete tan solo de ida, porque el futuro se pinta tan incierto que nunca sabes cuándo mejorarán las cosas para poder volver.

El objetivo: “entre comillas”, inmersión lingüística, aunque poco después constatas en primera persona que lo de aprender inglés es tan sólo el efecto colateral de una dura batalla que te ha tocado librar en territorio comanche, a 2.000 kilómetros de casa. Porque, al final, a las buenas o a las malas, te toca afinar el oído y poner en práctica el inglés patatero que te enseñan en el instituto para poder sobrevivir. Y, desde luego, que con esfuerzo y tiempo, conseguirás mejorar el idioma, aunque si traes una buena base de casa, mejor. La necesitarás, ya que para pasar las diferentes entrevistas de trabajo, entender y enfrentarte a los jefes, abrirte una cuenta en el banco, ir al médico, hacer gestiones en la Seguridad Social o tramitar la ayuda al desempleo, no te va a quedar otra. Es lo que tiene vivir en un país de habla anglosajona.

Yo, decidí venir a Brighton, una ciudad costera al sur de Inglaterra, a tan sólo una hora en tren de Londres, el paraíso para todos esos ingleses de clase media que no se pueden permitir pasar las vacaciones en la Costa del Sol. Por eso, Brighton tiene una de las tasas de desempleo más bajas de Inglaterra (7%), sobre todo en verano, aunque hay que reconocer que hay otras ciudades como Oxford que se llevan la palma con tan solo un 1%.

Además,  Brighton es por excelencia, la ciudad inglesa del movimiento gay, con una vida nocturna bastante dinámica gracias a todos los estudiantes que viven aquí. Tres universidades bastante reputadas con más de 30.000 alumnos, lo que asegura la fiesta los siete días de la semana y un ambiente cultural de lo más destacado con varios festivales de teatro y música. Pero, no vine a Brighton tan solo por eso, sino porque aquí viven dos de mis mejores amigas, compañeras de carrera y de promoción que movidas por la misma incertidumbre profesional que yo se atrevieron a dar el paso unos meses antes.

Iniciar una vida de cero en el extranjero es muy duro y en mi recorrido aquí me he encontrado a muy poca gente que se haya atrevido a venir sola. La mayoría, solos o no, lo pasan mal al principio. Te sientes perdido y no sabes por dónde empezar. Por eso siempre, tener a alguien que te oriente in situ es de valorar. Para mi, venir a Brighton ha sido como dar un salto al vacío, romper con una vida en Granada para empezar otra muy diferente a muchos kilómetros de casa.

Preparas la maleta y la llenas de esperanzas, de ilusiones, de incertidumbre y la cargas con todas las “armas” posibles, porque sabes que la batalla a la que te tienes que enfrentar puede ser dura, aunque  aún no sabes cuánto. Por eso, ante la inquietud de no saber qué me esperaría allí y a pesar de que mis amigas ya llevaban viviendo un año, mi novio me acompañó la primera semana y me ayudó a instalarme.

La odisea de encontrar vivienda en el extranjero

Tras pasar la primera semana durmiendo en el hostal, entendí que no iba a ser tan fácil encontrar una vivienda que se adecuara a mis posibilidades económicas en un plazo corto de tiempo, así que me mudé con mis amigas a su casa de Whitehawk. Un barrio obrero, de gente trabajadora y humilde a las afueras de Brighton, bastante alejado del centro por lo que el precio del alquiler era un poco más asequible, rondaba las 700 libras.

Vivíamos a 45 minutos del centro, así que aprovechábamos las caminatas para ir y venir del trabajo como una fase de la operación bikini de cara al verano. Y así, también ahorrábamos el dinero del bus, a 2,50 libras cada viaje. La casa se encontraba al lado del puerto y los días de lluvia y viento era todo un espectáculo ver los barcos zarandearse de un lado a otro en el mar y las olas romper contra las rocas del malecón. Una imagen que me hipnotizaba, como cuando te quedas extasiado mirando como se consume el fuego de una hoguera. Ésa era una de las cosas que más me gustaban de vivir en Whitehawk.

La noria desde la playa, en un día nublado

Algunas tardes, cuando los días comenzaron a ser más largos en el mes de Mayo, salíamos a correr por el paseo marítimo o a darnos una vuelta. Siempre hasta la noria, nuestro punto de referencia. Pero, a mí me daba igual que lloviera a cántaros o hiciera un viento terrible porque necesitaba salir a despejarme y ya me había acostumbrado a esa rutina.  El clima en Inglaterra puede llegar a ser inclemente y hay semanas que puede estar lloviendo sin parar día y noche, sin tregua. Esos días eran desesperantes. Tres películas seguidas era suficiente. Nos íbamos a hacer unas expertas en cine. Así que lo más que se me ocurría era ponerme el chubasquero, armarme de valor y salir a darme un paseo.

Las agencias inmobiliarias y la eterna burocracia

Mis amigas me acogieron en su casa de 50 metros cuadrados ( un pequeño habitáculo con una cocina incorporada y con una habitación donde tan sólo cabía  una cama)  como algo coyuntural hasta que encontrara alguna alternativa, una habitación compartida o una vivienda asequible relación calidad-precio, pero la situación se prolongó durante meses. Me recorrí unas cuantas agencias que pedían cifras desorbitadas por casas que dejaban mucho que desear. Viviendas sin apenas luz, sin apenas muebles y si los había, eran viejísimos, rotos y la mayoría inservibles. No merecía la pena pagar 400 libras por una habitación de esas características, así que fui demorando la búsqueda, desilusionada.

Pisos que rondaban los 1.300 libras al mes más facturas a parte. Además, las agencias tampoco te lo ponían fácil, ya que te pedían cientos de documentos. No sólo quieren la pasta, sino garantías de que puedes afrontar todos los gastos. Tres meses de alquiler por adelantado, una fianza del piso de otras 1.000 libras, extracto bancario y últimas nóminas del mes para certificar que tienes el dinero suficiente para hacer frente al alquiler durante el tiempo establecido en el contrato que normalmente ronda los 6 meses  o un año. Por otra parte, no podían faltar una o varias cartas de recomendación de tu jefe  o de la última empresa en la que trabajaste en las que se deja patente que eras un empleado diez y que la agencia inmobiliaria podía fiarse de ti sin problema. Y no penséis que este último punto se lo toman a la ligera, que nosotras estuvimos a punto de perder el piso porque la inmobiliaria no podía contactar con mis antiguos jefes de Costa para tener mis referencias.

Es más fácil encontrar empleo que una casa

Descartada la vía de la agencia como inmigrante recién llegada, fui asimilando poco a poco la situación: era mucho más fácil encontrar un empleo que un techo bajo el que vivir. Por la vía legal se hacía casi imposible, así que sólo quedaba encontrar anuncios de caseros privados a los que poder pagar en negro sin necesidad de tanto papeleo. Y en este caso, el boca a boca es la mejor opción. Por otra parte, podías encontrar a cientos de personas que buscaban pisos u ofertaban habitaciones en páginas de Facebook como Españoles en Brighton, pero al final desistí.

La pregunta del millón ¿con quién voy a compartir el piso o en su defecto la habitación?. Mucha gente comparte habitaciones en el extranjero. ¡Ojo! Estamos hablando de habitación, que no de piso. Para que os hagáis una idea sería 400 libras entre dos chic@s o una pareja, unos 250 cada uno. Es lo más habitual porque el nivel de vida es altísimo y hay una gran cantidad de gastos. Pero, si ya de por sí la experiencia puede resultar dura, sin la compañía adecuada puede que tuviera que hacer las maletas de vuelta a Granada antes de lo que tenía planeado. No me la quería jugar compartiendo piso con cualquiera. En el tiempo que llevaba allí viviendo había conocido alguna que otra mala experiencia.

La cosa se estaba poniendo difícil y el tiempo pasaba. Me incorporé a trabajar, por lo que tampoco me sobraba tiempo para buscar vivienda. Además, la convivencia con mis amigas era genial y a pesar de que la casa era muy pequeña conseguimos adaptarnos. Sin grandes lujos, sin apenas espacio, con ropa de las tres por todas partes, con maletas en medio, pero felices. Decidimos que queríamos estar juntas y vivir la experiencia a una, así que Intercambié la idea de buscar una habitación para mí, por otra idea mejor: encontrar una casa para tres. Pero, tampoco fue fácil. La falta de tiempo debido a que trabajábamos muchas horas y la pereza nos fueron comiendo bastante terreno, así el tiempo pasó  y nos plantamos en el mes de Junio sin tener una vivienda alternativa.

Vistas de Brighton desde Whitehawk hill

Mientras tanto, decidimos dividir el alquiler entre las tres, ya que yo estaba viviendo allí como una más y era justo. 250 libras cada una, unos 340 euros más las Council tax a parte, un impuesto de 100 libras mensuales que hay que pagar al Ayuntamiento de Brighton por el simple hecho de vivir en la ciudad. Gastos de facturas aparte. Un montante económico nada despreciable, a pesar de que la nueva situación nos ayudó a ahorrar un poco.

El ultimátum

Los problemas comenzaron a surgir a las semanas de vivir en Whitehawk. La casera, cuya peluquería se encontraba justo al lado de nuestra vivienda, se dio cuenta de que yo no estaba allí de paso, sino que me había instalado y tenía mi propia llave. Al principio intenté pasar desapercibida y no llamar la atención, pero con el tiempo fue casi imposible. La situación ya era evidente, así que quedamos para hablar con ella.

Le explicamos la dificultad de encontrar una vivienda para un inmigrante recién llegado, le dijimos que aún no me había dado tiempo a ahorrar lo suficiente para pagar un alquiler alternativo y nos sinceramos con ella: queríamos vivir juntas porque de otro modo, se me habría hecho muy duro quedarme en Brighton. De hecho, no sé cuánto tiempo habría aguantado sin mis amigas. Tras discutir con ella en varias ocasiones intentando que entrara en razón y apelando a su pasado de padres inmigrantes, lo único que conseguimos fue un ultimátum: o pagábamos más, un extra  de 150 libras más al mes entre las tres o me tenía  que ir del piso en el menor tiempo posible. Una semana como mucho.

Nos indignamos, no por el dinero en sí, sino porque intentó sacar tajada económica de una situación muy precaria. Chicas jóvenes, con el dinero justo en otro país. Ella arrendaba la vivienda, no alquilaba por habitaciones. No nos ofreció ninguna cama supletoria, ni alternativa y yo llevaba durmiendo en el sofá más de dos meses. Sólo quería más dinero. Jamás pensé encontrarme en una situación así. Pasé unos días muy angustiosos porque me veía en la calle. Así que no nos quedó otra que pagar más por una casa que no merecía la pena. Pero, nos pusimos las pilas para buscar otro piso.

Nos dio un margen de tiempo para encontrar otra vivienda, pero era bastante complicado por el precio desorbitado de los alquileres. Además se acercaba el verano y eramos conscientes de que los precios subirían. Una fecha difícil para encontrar algo asequible ya que medio Londres, aterriza en Brighton buscando sol y playa y muchos estudiantes extranjeros vienen a pasar el verano y a aprender inglés. Con lo cual Brighton se peta y no cabe un alfiler. La presión y  la premura para mudarnos nos hizo pagar lo que nos pidieran . Al final, casi de una semana a otra, cerramos los ojos y nos dirigimos a una agencia en la que, por supuesto, tuvimos que pagar por adelantado 1.300 libras por barba. 3.900 libras en total para poder acceder a una vivienda con dos habitaciones y un baño. Es decir, pagamos entre las tres 5.280 euros de una tacada para no quedarnos en la calle. Todos los ahorros de un año. Además, yo no era indefinida en el trabajo (como mis amigas) y mi situación era muy precaria como para meterme en un alquiler de las características que ofrecían las agencias inmobiliarias, pero si queríamos seguir viviendo juntas, no había otra cosa.

Actualmente, después de quitar impuestos, el depósito y el montante económico de 250 libras por quitar el piso del mercado, estamos pagando 900 libras al mes (1.220 euros) por nuestro nuevo hogar, 300 cada una. Así que, en el fondo, somos conscientes de que el piso está muy bien  para la cantidad que pagamos porque se encuentra mucho más cerca del centro y es espacioso. Con el tiempo descubrimos, de que había gato encerrado.

Así, casi de un día para otro, y tras tres meses de convivencia en la casa de los enanitos, dejamos Whitehawk, empaquetamos las cuatro cosas que teníamos y pusimos rumbo a Edwart Street, nuestro nuevo hogar. A mí no me había dado casi tiempo a deshacer la maleta así que me ahorré trabajo. Dejamos atrás la cama tetris, la postura momia y nuestros largos paseos de casi una hora después de currar para llegar a casa. Y con Whitehawk también dejamos atrás a dos grandes compañeros y vecinos, Inma y Diego que por la misma fecha que nosotras pusimos rumbo a otra casa, ellos pusieron rumbo a Murcia para retomar la vida que dejaron allí. Cambio de vecindario, cambio de etapa. Se cerraba un ciclo y se abría otro.

Brighton: la montaña rusa emocional

Los días en Brighton eran largos. No sólo por las intensas jornadas de trabajo, sino en sentido literal. A las cinco y media de la mañana era totalmente de día y un sol de justicia se colaba por la puerta de la terraza que era nuestra única salida al exterior. No teníamos ventanas en casa. A veces, te despertabas desorientada creyendo que llegabas tarde a currar, creyendo que eran las doce del mediodía, que el despertador no había sonado. No teníamos persianas, así que una de dos: o metías la cabeza debajo de la almohada o te comprabas un antifaz. Y si los días eran largos, algunas noches, más aún.

Cuando llegó Mayo y el calor comenzó a hacer mella en una cama de 1,60 donde dormíamos tres y no cabía ni un alfiler, decidí pasarme al sofá para no abusar de la solidaridad de mis compañeras. Así, pudimos descansar todas algo mejor. Por aquella época me pasaba el día quitando bandejas durante nueve horas en la cafetería, con lo que aquella especie de sillón con cojines duros se había convertido en una tortura china que lo único que acrecentaba era mi dolor de espalda. Pero, el cansancio me vencía y lograba dormir del tirón al menos seis horas. Todo un éxito después de las noches de insomnio que venía padeciendo.

No fui la única que durmió en el sofá. Nos íbamos turnando. A veces, nos quedábamos dormidas juntas viendo algún programa basura que nos permitía desconectar por un rato de nuestra realidad y reírnos de las gilipolleces de televisión. En otras ocasiones, sobre todo cuando había vino en la cena, un invitado bastante habitual en nuestras tertulias de madrugada, conectábamos nuestra vena periodística y debatíamos con entusiasmo sobre Pablo Iglesias y Podemos o la proclamación de Felipe VI. Todo, con la perspectiva que te da vivir a muchos kilómetros de casa. Con ganas de volver en el futuro, aunque por más que lo pensáramos, no sabíamos si ese futuro estaba lejano o no.

Aprendimos a vivir al día, a no darle demasiadas vueltas a la cabeza, intentando no pensar en el mañana, tal y como aprendí de mis amigos brightonianos. Disfrutando de pequeñas cosas que antes nunca había apreciado y ahora me hacían feliz: beberme una cerveza viendo un atardecer desde el muelle, subirme en la noria, escuchar mi canción favorita, cocinar o comer galletas de chocolate sin parar en las tardes de frío invierno. Incluso ir al cine se convirtió en toda una aventura. Me hacía ilusión porque normalmente no me lo podía permitir. Dependía del mes y solo de vez en cuando. Por eso, en más de una ocasión, intentamos colarnos y ahorrar esos nueve pounds de la entrada que para nuestras economías suponían un atraco a mano armada. No teníamos mucho éxito, ya que disimular nunca ha sido nuestro fuerte, así que nos acababan cazando. Vuelta a empezar. Salíamos por la puerta y volvíamos a entrar como si fuéramos clientes, pero esta vez con todas las miradas de los guardas de seguridad clavadas en nuestros movimientos. La mayoría de las veces nos decantábamos por esa película ñoña y romanticona que tan sólo lográbamos entender al 100% en las escenas de sexo. Algo fácil con lo que mejorar oído y no nos quebrara mucho la cabeza. Las tertulias tras la pelí eran un cachondeo, parecía que cada uno se había metido en una sala de cine diferente. “¿Pero, por qué la mujer le abandona?, ¿quién era ese tipo que aparece al final, el amante?”. A lo mejor aún no éramos unos crack en el idioma, pero lo que sí estaba claro es que nos equivocamos de profesión y lo nuestro era ser guionistas de cine. Al final, cada uno inventaba lo que le daba la gana y todos tan felices. Había sido como ir a ver una película muda a la que tú le pones el diálogo.

Ir al cine y comer jamón se convirtieron en lujos persas y todas deseábamos que alguna fuera de vacaciones a casa para que trajera la maleta llena de embutido porque no nos quedaban reservas. Mientras tanto, nos conformábamos con comprar vino y pizza para animarnos tras un día duro de trabajo, volver a dormir juntas porque nos daba miedo que entrara algún violador por el cuartillo de las bicicletas y hartarnos de reír sin saber por qué. Exprimiendo a tope la experiencia, sacándole todo el jugo, llegando nuestra mochila de momentos y vivencias inolvidables que nos ayudarían a afrontar todo lo que fuera viniendo en nuestra vida

En Brighton, maduré mucho y aprendí a ser paciente, a tomarme la vida de otra manera, a vivir sin prisa, porque hasta ahora, lo único que había hecho era correr sin parar para poder llegar a algún sitio, a alguna meta, el problema es que no sabía ni a dónde. Correr, en la dirección contraria, tal vez. En Brighton frené, respiré y aprendí a saborear los momentos.

Cuando Podemos y Pablo Iglesias saltaron a los medios de comunicación, comenzaron a remover sentimientos entre la comunidad de españoles en el extranjero. Empezamos a prestar un poco de más atención a la actualidad en nuestro país, algo importante estaba ocurriendo que había revolucionado la realidad política en España. Al principio, era un tío con coleta que discutía con Eduardo Inda en La sexta noche, más tarde, Podemos ganó cinco escaños en las elecciones europeas y a partir de ahí, se convirtieron en un fenómeno mediático que generaba debate allá donde fueras. En los bares con los amigos, en el trabajo y sobre todo, en casa. A Ana, a veces, no le sentaba bien intentar cambiar el mundo a las cinco  de la madrugada. Se lo tomaba muy en serio y luego se despertaba en mitad de la noche con una especie de episodios sonámbulos diciendo que no habíamos votado en la elecciones europeas o que teníamos que ir a la Embajada a solicitar información para poder votar en las generales. “Si no votamos, no hay futuro para nosotros”, afirmaban muchos de mis amigos.

A pesar de intentar estar informadas leyendo prensa digital, ver algún que otro programa de Al rojo Vivo, La sexta noche o las última discusión entre Inda y Pablo Iglesias, la mayoría de los días, el cansancio mental nos podía y lo único que queríamos era desconectar. Así que había días que lo mismo nos daba por ver un documental sobre el conflicto palestino-israelí que por ver Sálvame, lo mismo nos daba por reír que por llorar, por comer hamburguesa cuatro días seguidos porque no teníamos tiempo de cocinar, que nos tirábamos cocinando todos nuestros días libres esas lentejas que tu madre te hace con tanto cariño y que saben tan bien cuando estás tan lejos.

Supongo que nuestras acciones denotaban  un estado de ánimo a modo de montaña rusa. Picos emocionales que bailaban entre lo excitante de los días  inolvidables en Londres y los días interminables de bajón recogiendo bandejas o limpiando durante nueve horas. A veces, íbamos a visitarnos al trabajo para darnos ánimo. A lo mejor quedaban cinco horas para que terminara tu jornada laboral, pero esas palabras de aliento de tus amigas, te daban la energía necesaria para continuar el día. Unos minutos para recargar pilas, la media hora del almuerzo que se convertía en ese momento de complicidad para contar los cotilleos del día: que han sustituido al jefe, que ha entrado una nueva chica a trabajar que se ha liado con menganito o fulanito o que la borrachera de Lucy (mi amiga coreana) había sido monumental la noche anterior. Banalidades al fin y al cabo con las que reírte un rato. Ana solía cantarme lo que para nosotras fue la canción del verano 2014: el bandejitas day y tengo que admitir que sin sus canciones de ánimo, no hubiera sido los mismo.

Costa: el bandejitas day

Mi etapa en Costa fue dura y satisfactoria al mismo tiempo. Aprendí a observar la vida con otros ojos. Allí encontré a mis primeros amigos, viví mis primeras aventuras y empecé a encontrarme a mí misma. Nueve horas quitando bandejas dan para pensar mucho, sirven para remover sentimientos y te ayudan a plantearte qué quieres hacer, para qué estás allí y cuál va a ser tu próximo movimiento. Pero, antes de dar el siguiente paso, exprimí mi etapa en Costa a fondo.

La Costa Pandi, tal y cómo denominé a mis nuevos amigos, me permitió conocer otra parte de Brighton. Una pandilla diferente, con amigos de todas las nacionalidades, la mayoría de países del Europa del Este: Bulgaria, Lituania, Rumania, Estonia, también de República Checa, e incluso de Corea. Un mestizaje cultural que despertó, de nuevo, mi vena periodística que deseaba saber más de sus estilos de vida, de qué hacían ellos en Brighton, cuánto tiempo querían quedarse allí, qué hacían antes de venir y sobre todo, dónde y cómo habían aprendido a hablar ese inglés de nota.

Eran gente viajera, de paso, que hoy vive aquí, mañana allí. Buscavidas, en el mejor sentido de la palabra que, desde luego, no están preocupados por una hipoteca ni por estabilizar sus vidas. Una mentalidad totalmente diferente. Vidas y culturas totalmente alejadas que se reflejaban en el carácter y en la forma de ser. Al principio, algunos de ellos, mostraban un cara más seria e introvertida y les costaba coger confianza, pero una vez superada esa barrera, conseguías un amigo con el que poder contar.

Con Lucy, la chica coreana, intimé mucho. Me gustaba hablar con ella, porque aparte de que hablaba un inglés bilingüe, me llamaba mucho la atención su historia. En Corea del Sur, el índice de suicidios entre la gente joven es muy elevado debido al nivel de presión que sienten con respecto a los estudios. Siempre abocados a superarse, a conseguir ser los mejores profesionales en el futuro, a tener dos carreras y ocho idiomas. Estudian durante más de diez horas al día, seis días a la semana, no hay tiempo para el descanso ni para el ocio. La productividad gobierna su vida durante 24 horas. Antes de ir a Brighton, había visto un reportaje sobre la vida en Corea del Sur, pero qué mejor que hablar con Lucy para que me contara, en primera persona, cómo ella había “huído” de ese tipo de vida. Había estudiado Políticas y algo relacionado con el Derecho Europeo, pero quería vivir su vida y se fue de Corea hacía ya cinco años. Sus padres no estaban de acuerdo con su decisión, pero Lucy no quería volver. Antes de venir a Brighton, había vivido dos años en Australia y ahora lo único que le preocupaba era que le caducaba la Visa y ya no tenía más plazos para renovarla.

Pasábamos nuestros días libres en la cafetería del Costa, tomando el sol (cuando se podía) y bebiendo café gratuito, por supuesto. Un cappuccino tras un cortado, o un batido de mocca tras otro de chocolate. Siempre buscando la manera más económica de ahorrar un poco, aunque, eso sí, cuando decíamos de salir de fiesta no escatimábamos en gastos en lo que alcohol se trataba. Empezábamos con vodka, seguíamos con tequila, con ron y acabábamos con una resaca del quince que no había manera de aguantar al día siguiente.

Mis días transcurrían en un ir y venir de bandejas y las horas en Costa pasaban lentas, sobre todo, en esos días de resaca, cuando parecía que el reloj de la cocina se había roto. Las jornadas eran interminables. La única distracción era chapurrear inglés con algunos clientes que querían ligar contigo y así, los minutos se hacían un poco más livianos. Pero, la verdad, es que los días que trabajaba con Tomas, mi amigo checo, no me acordaba tanto de mirar la hora. Risas, charlas en la cocina y merendolas cuando no había ningún jefe merodeando. Comenzamos a trabajar juntos y conectamos muy bien.

La comunicación se hacia un poco difícil porque ninguno de los dos éramos unos linces con el idioma y había muchos malentendidos que provocaban, a veces, situaciones cómicas que hacían que nos riéramos durante horas. Hablábamos de nuestra vida, de lo que nos había llevado a Brighton, de nuestras expectativas e ilusiones. Él no entendía nada de lo que yo le contaba: “¿Una periodista, en Costa?”. “Sí, la crisis”, contestaba yo. Pero me miraba incrédulo, como si no entendiera muy bien. Él no había estudiado nada, tampoco quería. Comenzó a trabajar desde muy joven y había sido un aventurero. Había vivido aquí y allí, siempre trabajando en hostelería. Si le hablabas de futuro, te contestaba con un mañana. Ese era su futuro, no había más. Yo, cada vez que algún cliente se dejaba un periódico en la mesa me lo llevaba a la cocina y lo ojeaba, intentaba traducirlo, miraba las fotografías y el diseño y cuando terminaba siempre decía: “Tomas, algún día escribiré aquí”. Él me miraba muy serio y me decía, “por supuesto.  Cuando domines el inglés, serán tuyos”. Pero aún quedaba mucho.

Al principio, pasaba mis días en la cocina poniendo lavavajillas y recogiendo mesas, pero no había momento que no me quejara y pidiera pasar a caja. En un par de semanas, lo logré, pero sólo durante media jornada, porque había veces que no lograba entender a los clientes y me mandaban de nuevo a recoger bandejas. Me gustaba tener trato con el público, pero me resultaba muy difícil al mismo tiempo. Había que ser chica multitarea y a la vez, muy rápida, porque en el plazo de diez segundos, con una cola inmensa, tenías que coger la orden, cantarla a los compañeros que estaban en la cafetera, cobrar en una pantalla principal donde había 6 páginas de menú y preparar todas las bandejas (que dependiendo del café iba acompañado de plato grande, pequeño, mediano, cuchara larga o corta… un follón). Se consigue coordinar con el tiempo, pero al principio mi cerebro se colapsaba y me resultaba casi imposible.

Las largas colas que salían por la puerta acrecentaban la presión que ya de por sí sentía cuando te enfrentabas a clientes que aparte de hablar rápido y muy bajito, pedían ocho tipos diferentes de cafés con sus correspondientes modificaciones: uno con crema, el otro con leche fría, el otro con algodones…Así que aparte de la tener que afinar el oído más que en un exámen de listening del Advance, había que tener una gran memoria, casi de elefante.

A las dos semanas me acostumbré a la caja, prueba superada. Eso sí, Carla, “La gallega”, me ayudó mucho cuando yo no lograba entender a los ingleses. Ella llevaba viviendo en Brighton más tiempo y su nivel era bastante bueno, así que pegaba el oído y me traducía por lo bajini. Aún así, tuve algún que otro percance con algún cliente estúpido que me costó una bronca de mis jefes. Recuerdo, de hecho, un día en el que no entendí la orden y contesté con un ¿what? que en Inglaterra está considerado de muy mala educación. Una respuesta rápida que en el fondo , quería decir ¿Can you repite please?, pero la presión me jugó una mala pasada y el cliente puso una reclamación. Primera visita con el jefe y casi última. Una semana más tarde dejé la cafetería. Otra nueva etapa se abría en Brighton y el destino me tenía reservadas nuevas sorpresas.

Costa: una nueva forma de ver Brighton

Dejé el hotel y con él, también dejé en manos de la suerte mi destino en Reino Unido. Sabía que si no conseguía otro empleo, lo antes posible, tendría que hacer la maleta de nuevo rumbo a Granada, pero cerré los ojos e intenté no mirar atrás. “A lo hecho, pecho”, como se dice. Lo intenté, que no quiere decir que pudiera. De hecho, tuve más de una tarde de desesperanza, acompañada por picos de arrepentimiento por haber dejado ese empleo. No quería volver tan pronto a Granada sin ni siquiera haberme dado la oportunidad. Y ahora, tocaba esperar.

Tardes tristes y lluviosas del mes de Abril en las que pierdes la noción del tiempo porque a las cinco de la tarde ya es noche cerrada y miras el reloj creyendo que son las doce. Cuando ya no sabes distinguir si tienes hambre porque está oscuro ahí afuera y crees que es hora de cenar o porque estás aburrida y no sabes qué hacer. Tardes de soledad, esperando a que tus amigas salgan del trabajo y vuelvan a casa para contarles que hoy tampoco ha sonado el teléfono. Así pasé algunos días y algunas semanas. A la espera. Mirando si en la pantalla de mi móvil aparecía algún número inglés y preparándome mentalmente para contestar, cuando ocurriera.

Mientras tanto, intercalé esas tardes grises, con natación y algunas clases de inglés que me ayudaron a conectar con otra gente y a conocer otras formas de vivir la vida en la ciudad. Me empachurré mis ahorros en España en una academia para sacarle partido al tiempo libre e ir más preparada a las entrevistas, cuando surgieran. No sabía cuánto iba a durar la espera, pero cruzaba los dedos para que me llamaran cuánto antes, porque los euros comenzaron a caer en picado al convertirse en libras.

Me apunté a una academia céntrica que no andaba mal de precio (a unas 6 libras la hora). En mi clase, coincidimos estudiantes de todas las nacionalidades (Turquía, Alemania, Francia, Italia e incluso Irán, Marruecos o Palestina). Gente joven de entre 18 y 25 años que movidos por las ganas de aprender inglés se habían venido a Brighton a pasar la temporada primavera-verano, tras el duro invierno. Los españoles se podían contar con los dedos de la mano, lo cual era perfecto para mejorar el idioma. Además, no sólo le di un empujón al inglés, sino que aprendí mucho con los debates que se generaban en clase para poner en práctica el Speaking. Hablábamos de todo: de política, de religión, del valor de la amistad, de la infidelidad, la pena de muerte o la tenencia de armas en Estados Unidos. Creédme, podía llegar a ser muy interesante escuchar opiniones tan diversas como chocantes. De hecho, la profesora paraba la clase para preguntar a la chica iraní o a la chica turca cómo se concebía la infidelidad en sus países o que nos contaran alguna anécdota personal de casos que ellas hubieran vivido. De esos temas y otros.

Una etapa extraña, a caballo entre la chica estudiante que, en el fondo, me hubiera gustado ser y la chica trabajadora en la que luego me convertí. En clase, había muchas chicas au pairs, unos cuantos chicos que podían dedicarse plenamente a los estudios porque sus padres les enviaban cantidades ingentes de dinero todos los meses y, de nuevo, me sobraban dedos de la mano para contar a los chicos trabajadores, los que después de jornadas agotadoras en trabajos extenuantes físicamente, sacaban fuerzas para venir a clase. Es difícil. Yo lo intenté al principio, pero acabas pereciendo.

Entre unas cosas y otras, sonó el teléfono y llegó mi segunda oportunidad laboral. Una cadena multinacional de cafeterías: Costa Coffee Shop. El trabajo continuaba siendo igual de duro fisicamente. Una media jornada de veinte horas pagadas a un poco más del mínimo fijado en Inglaterra, a 6.76. Céntimos al fin y al cabo que te dan para malvivir, aunque debido a que dividíamos el alquiler entre tres, pude disfrutar un poco más de la vida en Inglaterra: salir, hacer algún que otro viaje a pueblos y ciudades cercanas como Lewes o Arundel y tener tiempo libre para estudiar un poquito más de inglés. Me pagaban por semanas. La primera vez en mi vida laboral que me pagaban cada siete días, aunque debo admitir que me administraba mejor.

No suele haber muchos españoles en este tipo de compañías de marca inglesa y además, hacen una fuerte criba, aunque su política de empresa les empuja a tener a personal de todas las nacionalidades: checos, polacos, lituanos, rumanos o húngaros. Mucha gente de países de Europa del Este viene a trabajar a Brighton movidos por diferentes motivos; falta de empleo, otra manera de ver la vida o circunstancias personales. La última moda en Brighton: la comunidad española que, debido a la crisis, viene a trabajar aquí en masa.  Nada de aprender inglés de academia. Se viene a currar a base de bien y el inglés se aprende a base de tener que afinar mucho el oído con clientes impertinentes  y con jefes que te dan cien ordenes en un inglés cerrado en menos de una fracción de segundo. Eso sí, mis compañeros tenían un inglés de nota y con ellos, descubrí una nueva forma de ver la vida en la ciudad. Una experiencia vital que me hará más fuerte.

El trabajo era duro porque empecé en la cafetería más concurrida de todo Brighton, enorme. Dos plantas gigantes. Situada en la plaza más animada de la ciudad, al lado del centro comercial, Churchill Square. En días de lluvia, se llegaban a formar enormes colas que salían por la puerta y la cafetería no daba a basto. Había que hacer cafés, obviamente, pero también llevar bandejas pesadas y limpiar mucho. Si te tocaba cierre, como se suele decir, “tonto el último”. Te tocaba limpiar casi toda la cafetería y la cocina a fondo. Al principio, no te rotaban. Quitabas bandejas durante nueve horas sin parar y punto. Luego, te pasaban a la máquina de café y a la caja, pero con el tiempo. Muchos cafés. Yo, que cuando llegué, no sabía ni lo que era un café americano. No soy muy dada al café porque me pone nerviosa, pero en Costa me hice casi una experta. Mis tardes transcurrían entre cortados y expresos, y os puedo asegurar que, en ese momento, sabía diferenciar mejor un Latte  de un Mocca, que una crónica de un reportaje.

Cuando entré en Costa, mi inglés había mejorado. El académico quiero decir, porque en la práctica, se me hacía muy duro tener que hablar durante más de nueve horas de trabajo en inglés. Puedes llegar a sentirte incluso aislado, porque si ya de por sí es difícil integrarse en un nuevo empleo, imagínate si te limita el idioma. Pero, la simpatía es universal y mi nivel de inglés me dio lo suficiente como para hacer amigos desde el primer día. Eso sí, tengo que decir que Carla, “La gallega”, la otra chica española que había de entre los más de veinte empleados que componíamos la plantilla, me echó algún que otro capote al principio. Sobre todo, con los jefes ingleses, que aunque eran buena gente, no había manera de entenderles, a veces. La gallega y Tomas, mi otro compañero checo se convirtieron en mis mayores aliados.

Podría contar cien mil anécdotas, pero la mejor es las cantidades de comida industriales que nos llevábamos de la cafetería. Estuvimos durante más de dos meses comiendo y cenando a base de la empresa. Como decíamos nosotros, ¡qué mínimo! Si es que debería de estar incluido en el sueldo. Y no, lo cierto es que había descuento de empleado, pero había que pagar. Teniendo en cuenta que llenar la nevera en Inglaterra puede ser toda una odisea debido al precio de algunos alimentos como la carne y el pescado, Costa nos salvó la cena en más de una ocasión. Creamos un lema: A costa del costa y en casa nos hicimos aficionadas a los bocadillos de bacon con queso brie. Al menos, nos ahorrábamos algún dinerillo en cenas.

Mis primeros empleos: de hacer camas a poner cafés

Sí, a mí también me tocó limpiar váteres en Inglaterra. Yo, no iba a ser menos. Una experiencia más entre la de cientos de jóvenes emigrantes que llegan a Reino Unido en vuelos low cost buscando un futuro “mejor”. Algunos de ellos, ya han contado sus historias en internet e incluso hay quien ha llegado a escribir un libro con su experiencia. Un chico que, cabreado con el mundo, un día, le dio por escribir en twitter:“ Tengo dos carreras, un máster y limpio baños en Londres”, revolucionó las redes sociales, saltó a la prensa, le editorial Planeta le fichó y, ahora, su experiencia se puede comprar en librerías. La mía, ya la podéis leer aquí. Cambio de nombre, de edad, de carrera o apellido, pero ya veis que, como él, cientos.

El caso, es que no se me ocurría cómo empezar a contar mi historia y tuve un par de intentos fallidos en varias ocasiones. Borré, retoqué y reescribí cien mil veces ese primer párrafo sobre mi primera experiencia laboral en Inglaterra, pero la inspiración no vino a mi encuentro y decidí aparcar la hoja en blanco por un rato o por un largo  periodo de tiempo, mejor dicho. Me topé con ella un domingo a las dos de la mañana, con un par de vasos de vino encima y escuchando una de esas canciones pastelosas que te ponen los sentimientos a flor de piel. Me abordó silenciosa en uno de mis momentos débiles, en uno de esos días malos en los que echas de menos las sábanas recién limpias de casa y el olor a hogar que dan las lentejas de tu madre. Uno de esos días en los que no le encuentras sentido a estar tan lejos, sobre todo con la Navidad a la vuelta de la esquina. Y ahí, piensas en pillar un billete de vuelta e irte igual de rápido que has venido. La segunda opción es agarrar el ordenador y escribir sin parar.

Casitas de playa en la zona de Hove, Brighton

Casitas de playa en la zona de Hove, Brighton

No encontraba el enfoque, ni las ganas, ni el entusiasmo necesario para expresar cómo me sentí la primera vez que me vi con el traje de faena y el mocho de limpiar el polvo. De hecho, pensaba pasar por alto esos primeros días en los que no me reconocía a mí misma en el espejo con esa cesta llena de productos de limpieza y una escobilla del váter. Pero, más tarde reflexioné y decidí no contar la película a medias, porque hasta los finales más gloriosos (si es que los hay) tienen inicios duros. Y no quisiera que nadie me malinterpretara, que limpiar es muy digno y todo eso. Esa cuestión no entra a debate, pero supongo que todos estarán de acuerdo conmigo en que limpiar no es la opción más deseable ni justa para los jóvenes de la generación más preparada.

Así, en mi día libre y tras una semana de infarto trabajando a destajo 9 horas en Tiger en plena campaña de Navidad (mi cuarto empleo desde que llegué), no se me ocurrió otra cosa que rescatar de mi memoria esas emociones del primer momento en el que me vi en ese pequeño cuartillo derruido y viejo del número 9 de la calle Regency, rodeada de sábanas y toallas (limpias y sucias), de aspiradoras, fregonas y productos desinfectantes que no había visto en mi vida. Con una cesta a cada mano. La de reponer el jabón, el café y los dulces (de la que solíamos picar algo entrehoras, cuando el jefe no nos veía) y la que estaba llena de trapos y lejía. Tengo que reconocer que aparte del día de limpieza establecido en mi piso de estudiantes, donde nos repartíamos por semanas cocina, baño y salón, nunca he sido muy propensa a coger una escoba por amor al arte.

En un principio, rehuía de ese tipo de empleos y lo único que intentaba era arañar horas al día para encontrar otra cosa en el sector de la hostelería o en el textil. Pero, no es fácil al principio, y la premura de encontrar un trabajo lo antes posible para poder afrontar gastos y no tirar de ahorros, pudo conmigo. A los cuatro días de estar en Brighton y aún viviendo en el hostal, una amiga me ofreció trabajar en un hotel y no lo pude rechazar. Con el autobús a 2,50 libras, los cafés a 3 y la pinta de cerveza a 4, no me lo pensé.

El sueldo no era mucho, el mínimo inglés establecido por ley: 6,50 la hora. Por eso, era mejor no ser muy rápida haciendo las tareas, ya que de eso dependía tu salario. En otros hoteles, a las chicas les pagan por habitación, aquí no. Mejor. Así te entretenías en pasar el trapo cuatro veces por el mismo sitio.

Brighton Wheel en el paseo marítimo, uno de los atractivos de la ciudad.

Mi primer curro en un pequeño hotel de 13 habitaciones de estilo victoriano en pleno paseo marítimo, con una vistas impresionantes al antiguo Pier desde la habitación 3 (la suit) y unas escaleras de infarto que le hubieran destrozado las rodillas, de tanto subirlas y bajarlas, hasta al mismísimo Robocot. Toallas mojadas arriba, toallas mojadas abajo, sábanas limpias arriba y abajo. Pero lo peor era cargar con la aspiradora hasta el último piso sin ascensor. Cinco plantas de gimnasio gratuito, en la que, mis compañeras y yo, nos hartábamos de asistir a la clase de GAP (Glúteos, Abdominales y Piernas). A partir de ese día, mis músculos llevan grabado a fuego ese movimiento de subir y bajar escaleras y con solo ver unas, me entran agujetas.

Mis compañeras, también españolas. Una de ellas, licenciada en Audiovisual, la otra Periodista. Desde luego, que ni a posta. Todas del sector de la comunicación. Jóvenes en paro en la búsqueda de su primera oportunidad laboral en un país donde, aunque hay trabajo, no es tan fácil escapar de ese primer empleo haciendo camas o friendo patatas en un McDonald’s. Mi jefe: un entrañable y solitario inglés de 45 años con problemas con la bebida. Un cuatro por cuatro, con la cabeza llena de canas, muchas aventuras y con un punto de locura. Apasionado de blue roll (rollo de papel con el que se limpia todo en Reino Unido y los ingleses no saben vivir), de la vela y de las salchichas del Lidl, con las que solía hacer el desayuno. Le conocimos alguna que otra novia que solía llevar al hotel, pero nada importante. Se convirtió en un buen amigo con el tiempo con el que poder practicar el idioma sin necesidad de tener que afinar muchísimo el oído porque su acento era bastante claro.

A pesar de que sólo trabajé allí durante dos o tres semanas, tengo unas cuantas anécdotas graciosas que contar, acompañadas de más de un episodio de risa floja. Éstas pasan por las típicas pilladas a clientes en la habitación cuando vas a hacer el servicio de habitaciones hasta gritos desesperados de la quinta a la primera planta del hotel llamando a mi amiga, porque no encontraba la entereza suficiente para quitar esos regalitos inesperados que algunos clientes te dejan de recuerdo. Y sin entrar en detalles que cada uno imagine lo que quiera.

Así, en tres semanas, dejé el hotel, me despedí de mis primeras amigas, agarré mi macuto y  me marché. Mientras bajaba por las escalares con camino a lo desconocido, me volví a mirar en el espejo y me reconocí. Valiente, con ganas de comerme el mundo y con el periodismo en vena y en mi imaginación me sentí como esa presentadora de cuatro del programa 21 días (justo el tiempo que estuve limpiando). Una experiencia más que contar a los nietos. Pegué un portazo, sonreí para mis adentros y salí a respirar el aire del seafront convencida de que quien no arriesga no gana.

Mis primeras despedidas

A pesar de que ha pasado el tiempo, aún se me pone el vello de punta cuando recuerdo la punzada que sentí en el estomago cuando tuve que decirle adiós en la estación. No hubo último beso, ni abrazos, ni palabras de despedida. Sólo un llámame cuando llegues a casa,  y un estaré bien con voz entrecortada. He de decir que tampoco tuvimos tiempo, porque los trenes nunca esperan (en ningún sentido) y porque la puntualidad nunca ha sido mi fuerte. Llegamos con el tiempo justo a la estación, después de comprobar que nos habíamos equivocado de hora, de andén y de que el tren salía en cinco minutos. Y ahora que lo pienso, me alegro de que ocurriera así. Por lo menos, me ahorré una despedida melodramática y los minutos que necesitaba (que no eran muchos) para echarme a llorar en su hombro y pedirle que no se fuera.

Nunca me ha gustado decir adiós y menos, si no sé cuánto tiempo puede transcurrir entre ese adiós y el siguiente. Pero, que no me gusten, no significa que pueda evitarlos. Así que allí me quedé, rodeada de gente, con un ir y venir de viajeros cargados con maletas, de  transeúntes que van y vienen, de gente que llega, que se va, rodeada de sonrisas de bienvenida, de abrazos y de alguna que otra despedida más, pero totalmente sola entre la multitud. Me quedé con un te quiero en la distancia que se desvaneció con el ruido de los motores del tren, con un llanto contenido, un nudo en la garganta y  una única idea que golpeaba mi mente :¿Ahora qué?.

Casi como el primer día de cole, cuando tu madre te lleva de la mano hasta la puerta y te dice que luego vendrá a recogerte. Eso fue lo que hizo Pablo cuando me acompañó a Brighton por primera vez. Pasó conmigo las primeras noches en el hostal y me hizo el vuelo menos angustioso.
Aquel día de cole en el que recuerdo hasta la ropa que llevaba puesta. Con mis vaqueros y la camisa de los loros de colores que tanto me gustaba, con mi pelo recogido con horquillas y con las mismas ganas de llorar. Y no sé, si por vergüenza o por hacerme la fuerte, pero tampoco lo hice. A diferencia de ese primer día, ni mi madre, ni mi novio, podían venir recogerme, ni podían estar allí  para darme un beso y decirme que todo iría bien. Tan solo un mensaje en el móvil. Un llámame, estamos preocupados. ¿Has llegado?.

Mis amigas estaban trabajando aún y la casa quedaba bastante lejos del centro. Ni siquiera tenía llaves. Tampoco conocía la ciudad, así que no se me ocurría ningún sitio donde poder refugiarme y ensimismarme en mis pensamientos por un rato. Comencé a dar vueltas, sin rumbo fijo, con los ojos cristalinos, pero sin llegar a llorar. Y, aunque parezca mentira, tampoco me dio tiempo. Normalmente, siempre se necesita más tiempo para todo, robarle minutos al reloj es el deseo de todo ser humano, pero la falta de tiempo te puede librar de algún que otro mal rato.

En realidad, aunque necesitara aliviarme y sacar todo lo que llevaba dentro, no me apetecía, en absoluto, caer en ese llanto irremediable que se retroalimenta a sí mismo y que cuando empieza, parece no tener fin. Tampoco tenía, en ese momento, a nadie que me consolara, así que no merecía la pena.

Comencé a bajar la calle con toda la intención de sobreponerme a esa pena inevitable de las primeras despedidas, pero ni siquiera para sacar fuerzas de flaqueza y hacer de tripas corazón, tuve tiempo. Justo en ese momento, me topé con una persona que se convertiría con los meses en una amiga, una de los miembros de mi familia brightoniana, Inma. Y con ella sustituí las lágrimas por una charla, que depende del momento, puede ser más reconstituyente que lo anterior. Me gustó hablar con ella porque me contó su experiencia y compartió  conmigo esos primeros momentos en los que también echó de menos a su familia y se sintió igual de perdida que yo. Me despidió con un ¡ánimo¡, porque  los jefes no esperan, ni entienden de kilómetros, ni de aviones ni de familias al otro lado del mundo y tenía que entrar a trabajar.

Un adiós entre aviones

Todos nos tenemos que despedir de personas a las que queremos en alguna ocasión de nuestra vida. A veces, con un para siempre, porque  lo marca la ley de vida y otras, con un hasta luego que marca para los restos.  Y así, es como recuerdo ese día en el aeropuerto de Málaga con mis padres. Aviones que despegan y aterrizan, que llevan de aquí para allá historias de amores, de desencantos, de frustraciones o desesperanza, que cruzan mares para buscar una vida. Viajeros que se sientan a tu lado y buscan una mirada que compartir, un momento de complicidad para comenzar a hablar y desahogarse cuando vuelan rumbo a lo desconocido.

De nuevo, con mis padres, nada de tragedia. Hubo más ingredientes repetidos en ese mejungue de sentimientos en el que no podían faltar las lágrimas contenidas y miradas que hablan solas. A lo mejor, os hubiera gustado escuchar que mi despedida fue como uno de esos anuncios emotivos de vuelve a casa por Navidad. Pero no. De nuevo, faltaron los abrazos, las palabras y faltó tiempo. Con el tiempo justo: un cuídate y un te esperamos y las sabias palabras de mi padre en las que no podía faltar la vena periodística. Escribe de esto y de aquello que estos serán testimonios que pasarán a  la historia. Suficiente. Me bastó. Eso, y la mirada de unos padres que ponen todas las esperanzas en que su hija vuelva lo antes posible y cumpla “su objetivo” de aprender inglés. Digo, su objetivo entre comillas porque, al final, la rutina te come terreno y las facturas que llegan con ceros de más, logran que pierdas el horizonte. Llega un momento en que pierdes “la razón de ser” de estar aquí y lo único que tienes en mente es llegar a final de mes para pagar el alquiler, el agua y la luz.

No somos aventureros ni nada parecido, representamos a la juventud más preparada a la que le han quitado su futuro. Y cada uno escoge su manera de luchar y, sin entrar a juzgar a nadie, ésta es la mía.

Mis primeras noches: del hostal cutre a la cama tetris

Mis primeras noches: Del hostal cutre a la cama tetris

En el hostal, conocí a todo tipo de personajes: viajeros, gente de paso y también entré en contacto con los primeros españoles. Primeras historias, unas más positivas que otras. Testimonios al fin y al cabo que te introducen a grosso modo en la realidad de la comunidad de españoles en el extranjero . Esas primeras experiencias no sonaban muy positivas: uno de los chicos, de Madrid, llevaba meses trabajando como kitchen porter (friegaplatos) en un restaurante. Harto de la situación y tras constatar que aquí no se viene ni a aprender inglés ni se puede ahorrar un duro, porque el nivel de vida es altísimo, hacía la maleta para volver. Otra chica, también de Madrid, había tenido varios empleos en hostelería y como limpiadora en un hotel. Tras haber intentando, sin mucho éxito, sacar tiempo y dinero para apuntarse a una academia y mejorar el idioma, también hacía la maleta para regresar a casa. Unos que llegan y otros que se van.

En la habitación dormíamos en literas más de quince personas. Un solo baño. Muchos llevaban viviendo allí más de dos meses. Ni siquiera habían sacado la ropa de sus respectivas maletas porque no había espacio en la habitación. La luz se colaba en el habitáculo desde primera hora de la mañana (casi a las cinco y media comenzaba a amanecer), lo que no permitía casi pegar ojo. Conciliar el sueño era difícil, ya que muchos de los inquilinos entraban y salían durante la noche. Las pertenencias vigiladas. Nada de valor y lo poco que había, era mejor guardarlo bajo llave en una de las jaulas metálicas que se encontraban debajo de la cama. El candado, siempre a mano.

Muchos de esos jóvenes, habían hecho del hostal su residencial habitual debido a la dificultad de encontrar una vivienda decente y a buen precio. Había personas de todas las nacionalidades, por supuesto. Algunos viajeros, pero la mayoría inmigrantes franceses, italianos y bastantes españoles que habían venido a buscarse la vida a la ciudad. Ellos preferían pagar 16 libras la noche, a alquilar algo que no se adecuara a sus necesidades. Porque eso sí, en Brighton es relativamente fácil encontrar empleo (en periodo estival), pero encontrar una casa se puede tornar una tarea muy ardua, ya que los alquileres rondan las 500 libras (una habitación compartida), más facturas aparte. Lo cual quiere decir que si sumas luz, agua y calefacción (porque en invierno hace un frío que pela) vas a necesitar una buena suma de dinero sólo para gastos básicos. Sin contar que hay que llenar el frigo todos los meses y a parte, habrá que vivir. En Brighton hay que ser mileurista para subsistir medio dignamente. Y no regalan el dinero.

La opción de buscar un piso por agencia, para los recién llegados, es casi impensable porque piden tres meses de alquiler por adelantado, lo que suele equivaler a casi 1.000 libras por cada uno de los inquilinos, más el deposito del piso que puede rondar también las 1.000 libras. Total, que entre unas cosas y otras, vas a necesitar unas 1.500 libras solo para pagar alquiler, más una larga lista de personas a las que se les llene la boca hablando bien de ti. Te pedirán referencias de empleos anteriores y números de teléfono de jefes para cerciorarse de que “no meten a un delincuente como inquilino” y que se pueden fiar de ti.

Así que tras esas primeras noches donde tuve que renunciar a tener ningún tipo de intimidad  con mi pareja, ni siquiera dormir juntos, porque las literas eran horrorosamente estrechas e incomodas, me mudé con mis amigas a su piso, a las afueras de Brighton. Un pequeño salón con cocina incorporada y una habitación donde solo cabía una cama doble en la que había que meterse por los pies. Esquema visual : una cama encajada en una habitación. Baño lleno de moho al más puro estilo inglés. Pero, la casa era bonita y acogedora, gracias al esfuerzo que invirtieron mis compañeras Ana y María para convertir ese habitáculo en un hogar.

En un principio, decidimos dormir las tres juntas. Tampoco había otra y el sofá quedó descartado desde el primer momento porque daba dolor de espalda con tan solo mirarlo.  Así que a modo de tetris, conseguimos coger posiciones en una cama de 1,60 de ancho. Mi posición durmiendo quedará registrada en nuestra historia brightoniana como posición momia, que es algo así como brazos replegados a modo de muerto y boca arriba.  No había espacio para más. Desde luego que esta medida iba a ser provisional, pero la situación se prolongó durante meses debido a la dificultad de encontrar algo barato y porque, sinceramente, queríamos vivir juntas. Sin el calor humano de mi familia brightoniana no sería posible escribir esta historia.

Risas, noches de insomnio y charlas eternas hasta las tantas de la madrugada hablando de nuestro no futuro periodístico, intentando cambiar el mundo, emocionándonos con debates de Podemos, sin perder la ilusión, pero conscientes de la difícil situación que nos está tocando vivir. Una experiencia para contar a los nietos seguramente, pero dura aunque pueda parecer lo contrario. Facebook, a veces, no hace justicia.

Mis primeras impresiones

Mis primeras impresiones

Los primeros días nos alojamos en un hostal llamado Beluchi  que se encuentra junto al paseo marítimo y justo al lado de uno de los principales referentes de la ciudad, el archi conocido como Brighton Pier, una larga plataforma de madera que se introduce un par de kilómetros en el mar. Una mezcla entre un parque de atracciones y una feria ambulante que recoge toda clase de actividades lúdicas. El Pier representa una gran parte de la oferta laboral de Brighton.

La mayoría de los españoles trabajan allí durante los meses de verano tanto en los cacharritos (conocidos como rides) como en el restaurante o en los diferentes puestos de donuts y batidos de helado que te encuentras durante tu recorrido por este peculiar muelle. Es una construcción típica en casi todos los pueblos costeros de Inglaterra, pero el de Brighton, se lleva la palma y son muchos los visitantes que se acercan hasta aquí para llevarse una fotografía de recuerdo.

Mi amiga Ana trabaja allí desde que comenzó su historia brightoniana. Ella, empezó haciendo batidos helados en Moo Moos y más tarde, la trasladaron a Palm Court, el restaurante, donde lleva trabajando más de un año. Durante los meses de verano, cuando Brighton se llena de turismo, el Pier es un continuo ir y venir de gente. Allí, puedes jugar a las máquinas tragaperras, subirte en la montaña rusa, comer noddles hasta acabar harto o hacerte un tatuaje de henna, aunque lo más impresionante son los atardeceres que se contemplan desde allí del antiguo Pier, una plataforma victoriana del siglo XIX que se quemó hace diez años. Sus restos aún resisten los embates de la olas en mitad del mar y las gaviotas se posan en manada a la espera de ver caer el sol.

Vine a Brighton, entre otras cosas, para encontrarme a mí misma y he de reconocer que no hay nada que me haya ayudado más que las largas caminatas por el paseo marítimo escuchando música y los atardeceres en la playa junto al Old Pier. Eso sí, siempre con mi lata de cerveza que despierta la inspiración y abre la mente de vez en cuando. En Brighton aprendí a estar sola. Conmigo misma. A  disfrutar del silencio, de la lectura, de los paseos por la playa o a deleitarme con los atardeceres  con la única compañía de las gaviotas, otro de los referentes de la ciudad. Hay por doquier, tienen cara de malas y siempre van a intentar robarte la comida. Mis amigas las odian porque nos solían despertar con sus graznidos a las cinco a de la mañana y porque suelen cagarte encima cuando les viene en gana. A mí, ya me ha pasado tres veces, pero aún así, sigo pensando que le dan un toque especial a la ciudad. ¡Qué serían de Brighton sin sus gaviotas!

En verano, el paseo marítimo que se extiende a lo largo de la línea de costa por toda la ciudad, recoge a un sinfín de grupos de música de pop, rock o flamenco que salen a la calle a ganarse a algún dinero. Los cientos de terrazas se llenan de ingleses sedientos que venderían a su madre con tal de tomarse una cerveza y el paseo se llena de puestos donde poder comprar todo tipo de recuerdos.

Brighton tiene uno de los mejores climas de Inglaterra, que ya es decir.  Y es por eso que, durante los meses estivales, su población, se multiplica por dos. Al estar tan solo a una hora de Londres, muchos ingleses vienen a pasar el fin de semana, al igual que los granadinos bajamos a Almuñecar.

Aún me sigo impresionando con los atardeceres que se contemplan desde el paseo marítimo.Ese mismo paseo que cuando llegué se me tornaba tan vacío, en un mes de abril donde aún hacía bastante frío y no había ni un alma en la calle, excepto esos ingleses que salen de fiesta un sábado y van borrachos como cubas a las diez de la noche. Miraba a mi alrededor intentando predecir un poco lo que me deparaba el futuro y no tenía la más mínima idea. Además, nada de lo que te puedan contar o decir se asemejará a lo que vas a experimentar en primera persona. Cada uno siente a su manera, se emociona a su manera y se indigna a su manera con la situación de muchos jóvenes aquí. Aún así, todo tiene una lectura positiva.