El día que decidí volver

Hace meses que dejé de escribir. En Inglaterra no tenía tiempo debido al trabajo y ahora, sentada en el sofá de casa con mi chocolate caliente, aquellas experiencias que marcaron un antes y un después en mi vida han quedado tan lejanas en la memoria que, incluso, ha perdido el sentido para mí hablar de ellas.
Siento como si entre aquella etapa y el momento presente hubieran pasado años luz, como si todo hubiera formado parte de un sueño lejano del que solo recuerdo algunos capítulos. El resto, supongo que los he borrado o, porque no me gustó y lo bloqueé en mi cabeza o porque tengo muy mala memoria. Y es precisamente por eso, por lo que hoy he vuelto a golpear el teclado de este ordenador con el ánimo de recordar, para no olvidar esas experiencias pasen los años que pasen.

Mis amigos
De mis amigos no sé mucho aunque intentamos permanecer en contacto. Siempre gusta saber cómo les va la vida por allí e incluso que te pongan al día de los cotilleos de fulanito o menganito. Nos comunicamos por wastapp y si coincide que están de paso por España nos llamamos por teléfono, pero poco más. Ya no es lo mismo y echo de menos vivir con mis amigas: las risas de madrugada, cambiar el mundo a las cinco de la mañana, ver pelis de un mismo actor en bucle, cocinar brócoli, comer las galletas de chocolate del Lídel, el chocolate blanco de la librería, las visitas al hotel que me alegraban el día cuando ya no podía soportar más clientes maleducados, el “Aza to the till” de Alex cuando trabajaba en Berhska e, incluso ir al gimnasio intercambiándonos la clave para no tener que pagar más. Aquí pago mi mensualidad… Hasta en esas cosas cambian. Son tantos momentos, que cuando me asalta algún flashback de esa época, no me queda otra que reírme a solas o emocionarme a escondidas con esas canciones que consiguieron alegrarme el día en los momentos de bajón.

Distintos caminos
Nos separamos. Cada uno de nosotros tomó un camino distinto. Personalmente, perder la casa fue una de las razones que me impulsó a poner de nuevo rumbo a Granada. Por una parte, nos cumplía el contrato del piso, algo que me causaba alivio en cierto modo, ya que se me hacía muy cuesta arriba llegar a final de mes y pagar 300 libras de mensualidad más facturas aparte. Deshacerme de ese lastre “hipotecario” me quitó una piedra de Stonhenge de las espaldas. La vida en Inglaterra es muy cara y los contratos temporales encadenados no ayudaban a mantener los ingresos. Teniendo en cuenta que tuve ocho empleos en menos de un año, no es de extrañar que el alquiler se convirtiera en mi talón de Aquiles durante en el tiempo que viví en Inglaterra.
Además, las condiciones en la casa cada día eran peores. Al principio, nos quejamos a la agencia porque había humedades en el techo del baño y el agua de la bañera no filtraba. Nos dieron largas. Al final, acabamos desechando la idea de usar esa parte de la casa. No tenía arreglo. Edificada bajo cimientos casi tercermundistas hubiera habido que tirar todo el edificio para poner fin a aquel desastre. Tras un invierno de lluvias y frío, donde el agua caló hasta en lo más profundo de nuestra pequeña morada, la humedad se hizo tan insoportable que costaba hasta respirar. El baño, que se encontraba en el sótano quedó totalmente inhabilitado y para mí, la piscina municipal se convirtió en un spa personal. En sentido figurado, por supuesto. Pero, tengo que reconocer que esas largas duchas calientes me salvaron el invierno y me libraron de muchas contracturas musculares provocadas por el estrés del hotel, de la tienda y de los otros tropecientos lugares donde trabajé.

El trabajo

El trabajo tampoco ayudó a la hora de tomar la decisión. A pesar de que me ofrecieron un contrato indefinido como recepcionista ( con mi plan de pensiones y todo jajaj), la experiencia en el hotel Mercure no compensaba. Demasiados malos ratos aguantando quejas de clientes maleducados y racistas como para sacrificar otra Navidad alejada de mi familia y amigos. Así que cada uno de nosotros tomó un nuevo rumbo. En septiembre, uno días antes de la renovación, decidí desempolvarme el miedo y avisé a la dirección del hotel de mi decisión de volver. No se lo tomaron bien. Pero eso es otro capítulo.
Era definitivo. Ni me quedaban fuerzas para encontrar otro empleo, ni aunque lo hubiera encontrado, habría aguantado el estrés de enfrentarme a un nuevo reto. Agotada, mental y físicamente, me convencí de que era momento de empaquetar y hacer las maletas. Me daba miedo volver y tardé meses en decidirme. Tampoco llevaba viviendo allí demasiado tiempo como para estar tan quemada, pero lo estaba.
Me planteé encontrar otro empleo, pero la temporada de invierno se echaba encima y ya se estaba haciendo tarde. Lo medité algunas noches, busqué señales (esas que yo llamo, señales del destino que me indican cuando una etapa ha acabado y tengo que iniciar un nuevo capitulo). No las encontré al principio o tal vez, no las quería ver.
Mis dudas me impulsaron a plantearme irme a Madrid, tal vez Sevilla, tal vez Londres, pero necesitaba descansar. El ambiente de trabajo en el hotel hizo el resto y una mañana de estrés infernal me quité el uniforme y me fui a casa con la certeza de que no volvería a entrar por la puerta. Y en ese momento de impulso, de cabreo sostenido durante meses, de estar harta, la única pregunta que cruzaba mi mente, casualmente, fue la misma que me hice cuando llegué allí: ¿ Ahora qué?

Unos decidieron quedarse y seguir probando suerte en tierras inglesas, otros decidieron volver e intentar meter cabeza en el mundo del periodismo de nuevo, otros ya nos hemos conformado con meter cabeza, simplemente. Eso sí, tengo que reconocer que estoy feliz. Volví a dejar que el viento me guiara en mi trepidante velero y llegué hasta un lugar insospechado, pero que me gustó. Ahora, doy clases como profesora de inglés en una academia para niños. Sé que me gusta porque cada día vuelvo a casa con una sonrisa en la cara. Por sus comentarios, por sus ocurrencias, por hacerme reír y porque me enriquecen como persona. ¿Dónde estaré mañana? Eso, aún es una incógnita que , en días como hoy, me hacen golpear el teclado del ordenador con fuerza, intentando leer entre líneas qué quiero hacer o hacia donde quiero ir.

El futuro
Hoy, vuelvo a conversar de madrugada con este gran amigo al que se le da bien escuchar, pero se queda mudo a la hora de dar consejos. Sin pensar, he comenzado a escribir como solía hacer en aquellas noches en vela en las que ni una botella de vino podía calmar la inquietud que sentía por no poder predecir el futuro. Ni la pitonisa más experimentada del mundo podría. Y ya no hablamos de un futuro a diez años vista, si no, ni siquiera el futuro a corto plazo. Ni siquiera ya tenía poder para controlar qué pasaría mañana. Movida por decisiones y movimientos rápidos me dejé llevar en mi velero por la dirección del viento. A la deriva, con ganas de avistar tierra y poder reposar y navegar en calma.

No es fácil volver. Tampoco lo es quedarse. A medio camino entre la vida que iniciaste allí y tu nueva realidad, ya en casa, intentas hacerte un hueco. Un espacio en blanco, un lapsus de tiempo que te ha hecho crecer como persona, pero que te lo ha puesto, aún si cabe, más difícil. Ahora, conoces otra realidad, otra forma de vivir, de pensar. Una etapa que te ha roto los esquemas, una etapa que no te ha juzgado ni por tu edad, ni por el trabajo que tenías, ni por lo que la sociedad o los demás esperaban de ti, sino que te ha dejado vivir a tu aire, sin ataduras, sin mirar atrás. ¿Cómo reconciliarte ahora con la vida que dejaste aquí cuando encima, no te dejan espacio para desarrollarte ni personal ni profesionalmente?
A pesar de todas tus dudas, todos tus miedos e incertidumbres y con ese sentimiento de desarraigo que acompaña a los marineros que viven hoy aquí y mañana allí, vuelves a izar velas en un día de levante, intentando que el viento te empuje y te lleve lejos, a nuevos destinos, nuevas islas inexploradas.

A mis amigos emigrantes. A aquellos que estuvieron a mi lado en cada momento agridulce, en cada momento feliz y cambiante. Por nuestras noches en vela cambiando el mundo.