Diario de un inmigrante

Mis primeros pasos

Después de unas cuantas noches sin pegar ojo pensando qué hacer para darle un poco de impulso a mi vida y tras haber agotado toda alternativa de proyección profesional como periodista en España, decidí irme al extranjero a trabajar. Como cientos de jóvenes en nuestro país, ante la falta de oportunidades laborales, me vi abocada a guardar cuatro trapos en una maleta y a comprar un billete de avión con destino a Inglaterra. Por desgracia, con billete tan solo de ida, porque el futuro se pinta tan incierto que nunca sabes cuándo mejorarán las cosas para poder volver.

El objetivo: “entre comillas”, inmersión lingüística, aunque poco después constatas en primera persona que lo de aprender inglés es tan sólo el efecto colateral de una dura batalla que te ha tocado librar en territorio comanche, a 2.000 kilómetros de casa. Porque, al final, a las buenas o a las malas, te toca afinar el oído y poner en práctica el inglés patatero que te enseñan en el instituto para poder sobrevivir. Y, desde luego, que con esfuerzo y tiempo, conseguirás mejorar el idioma, aunque si traes una buena base de casa, mejor. La necesitarás, ya que para pasar las diferentes entrevistas de trabajo, entender y enfrentarte a los jefes, abrirte una cuenta en el banco, ir al médico, hacer gestiones en la Seguridad Social o tramitar la ayuda al desempleo, no te va a quedar otra. Es lo que tiene vivir en un país de habla anglosajona.

Yo, decidí venir a Brighton, una ciudad costera al sur de Inglaterra, a tan sólo una hora en tren de Londres, el paraíso para todos esos ingleses de clase media que no se pueden permitir pasar las vacaciones en la Costa del Sol. Por eso, Brighton tiene una de las tasas de desempleo más bajas de Inglaterra (7%), sobre todo en verano, aunque hay que reconocer que hay otras ciudades como Oxford que se llevan la palma con tan solo un 1%.

Además,  Brighton es por excelencia, la ciudad inglesa del movimiento gay, con una vida nocturna bastante dinámica gracias a todos los estudiantes que viven aquí. Tres universidades bastante reputadas con más de 30.000 alumnos, lo que asegura la fiesta los siete días de la semana y un ambiente cultural de lo más destacado con varios festivales de teatro y música. Pero, no vine a Brighton tan solo por eso, sino porque aquí viven dos de mis mejores amigas, compañeras de carrera y de promoción que movidas por la misma incertidumbre profesional que yo se atrevieron a dar el paso unos meses antes.

Iniciar una vida de cero en el extranjero es muy duro y en mi recorrido aquí me he encontrado a muy poca gente que se haya atrevido a venir sola. La mayoría, solos o no, lo pasan mal al principio. Te sientes perdido y no sabes por dónde empezar. Por eso siempre, tener a alguien que te oriente in situ es de valorar. Para mi, venir a Brighton ha sido como dar un salto al vacío, romper con una vida en Granada para empezar otra muy diferente a muchos kilómetros de casa.

Preparas la maleta y la llenas de esperanzas, de ilusiones, de incertidumbre y la cargas con todas las “armas” posibles, porque sabes que la batalla a la que te tienes que enfrentar puede ser dura, aunque  aún no sabes cuánto. Por eso, ante la inquietud de no saber qué me esperaría allí y a pesar de que mis amigas ya llevaban viviendo un año, mi novio me acompañó la primera semana y me ayudó a instalarme.

La odisea de encontrar vivienda en el extranjero

Tras pasar la primera semana durmiendo en el hostal, entendí que no iba a ser tan fácil encontrar una vivienda que se adecuara a mis posibilidades económicas en un plazo corto de tiempo, así que me mudé con mis amigas a su casa de Whitehawk. Un barrio obrero, de gente trabajadora y humilde a las afueras de Brighton, bastante alejado del centro por lo que el precio del alquiler era un poco más asequible, rondaba las 700 libras.

Vivíamos a 45 minutos del centro, así que aprovechábamos las caminatas para ir y venir del trabajo como una fase de la operación bikini de cara al verano. Y así, también ahorrábamos el dinero del bus, a 2,50 libras cada viaje. La casa se encontraba al lado del puerto y los días de lluvia y viento era todo un espectáculo ver los barcos zarandearse de un lado a otro en el mar y las olas romper contra las rocas del malecón. Una imagen que me hipnotizaba, como cuando te quedas extasiado mirando como se consume el fuego de una hoguera. Ésa era una de las cosas que más me gustaban de vivir en Whitehawk.

La noria desde la playa, en un día nublado

Algunas tardes, cuando los días comenzaron a ser más largos en el mes de Mayo, salíamos a correr por el paseo marítimo o a darnos una vuelta. Siempre hasta la noria, nuestro punto de referencia. Pero, a mí me daba igual que lloviera a cántaros o hiciera un viento terrible porque necesitaba salir a despejarme y ya me había acostumbrado a esa rutina.  El clima en Inglaterra puede llegar a ser inclemente y hay semanas que puede estar lloviendo sin parar día y noche, sin tregua. Esos días eran desesperantes. Tres películas seguidas era suficiente. Nos íbamos a hacer unas expertas en cine. Así que lo más que se me ocurría era ponerme el chubasquero, armarme de valor y salir a darme un paseo.

Las agencias inmobiliarias y la eterna burocracia

Mis amigas me acogieron en su casa de 50 metros cuadrados ( un pequeño habitáculo con una cocina incorporada y con una habitación donde tan sólo cabía  una cama)  como algo coyuntural hasta que encontrara alguna alternativa, una habitación compartida o una vivienda asequible relación calidad-precio, pero la situación se prolongó durante meses. Me recorrí unas cuantas agencias que pedían cifras desorbitadas por casas que dejaban mucho que desear. Viviendas sin apenas luz, sin apenas muebles y si los había, eran viejísimos, rotos y la mayoría inservibles. No merecía la pena pagar 400 libras por una habitación de esas características, así que fui demorando la búsqueda, desilusionada.

Pisos que rondaban los 1.300 libras al mes más facturas a parte. Además, las agencias tampoco te lo ponían fácil, ya que te pedían cientos de documentos. No sólo quieren la pasta, sino garantías de que puedes afrontar todos los gastos. Tres meses de alquiler por adelantado, una fianza del piso de otras 1.000 libras, extracto bancario y últimas nóminas del mes para certificar que tienes el dinero suficiente para hacer frente al alquiler durante el tiempo establecido en el contrato que normalmente ronda los 6 meses  o un año. Por otra parte, no podían faltar una o varias cartas de recomendación de tu jefe  o de la última empresa en la que trabajaste en las que se deja patente que eras un empleado diez y que la agencia inmobiliaria podía fiarse de ti sin problema. Y no penséis que este último punto se lo toman a la ligera, que nosotras estuvimos a punto de perder el piso porque la inmobiliaria no podía contactar con mis antiguos jefes de Costa para tener mis referencias.

Es más fácil encontrar empleo que una casa

Descartada la vía de la agencia como inmigrante recién llegada, fui asimilando poco a poco la situación: era mucho más fácil encontrar un empleo que un techo bajo el que vivir. Por la vía legal se hacía casi imposible, así que sólo quedaba encontrar anuncios de caseros privados a los que poder pagar en negro sin necesidad de tanto papeleo. Y en este caso, el boca a boca es la mejor opción. Por otra parte, podías encontrar a cientos de personas que buscaban pisos u ofertaban habitaciones en páginas de Facebook como Españoles en Brighton, pero al final desistí.

La pregunta del millón ¿con quién voy a compartir el piso o en su defecto la habitación?. Mucha gente comparte habitaciones en el extranjero. ¡Ojo! Estamos hablando de habitación, que no de piso. Para que os hagáis una idea sería 400 libras entre dos chic@s o una pareja, unos 250 cada uno. Es lo más habitual porque el nivel de vida es altísimo y hay una gran cantidad de gastos. Pero, si ya de por sí la experiencia puede resultar dura, sin la compañía adecuada puede que tuviera que hacer las maletas de vuelta a Granada antes de lo que tenía planeado. No me la quería jugar compartiendo piso con cualquiera. En el tiempo que llevaba allí viviendo había conocido alguna que otra mala experiencia.

La cosa se estaba poniendo difícil y el tiempo pasaba. Me incorporé a trabajar, por lo que tampoco me sobraba tiempo para buscar vivienda. Además, la convivencia con mis amigas era genial y a pesar de que la casa era muy pequeña conseguimos adaptarnos. Sin grandes lujos, sin apenas espacio, con ropa de las tres por todas partes, con maletas en medio, pero felices. Decidimos que queríamos estar juntas y vivir la experiencia a una, así que Intercambié la idea de buscar una habitación para mí, por otra idea mejor: encontrar una casa para tres. Pero, tampoco fue fácil. La falta de tiempo debido a que trabajábamos muchas horas y la pereza nos fueron comiendo bastante terreno, así el tiempo pasó  y nos plantamos en el mes de Junio sin tener una vivienda alternativa.

Vistas de Brighton desde Whitehawk hill

Mientras tanto, decidimos dividir el alquiler entre las tres, ya que yo estaba viviendo allí como una más y era justo. 250 libras cada una, unos 340 euros más las Council tax a parte, un impuesto de 100 libras mensuales que hay que pagar al Ayuntamiento de Brighton por el simple hecho de vivir en la ciudad. Gastos de facturas aparte. Un montante económico nada despreciable, a pesar de que la nueva situación nos ayudó a ahorrar un poco.

El ultimátum

Los problemas comenzaron a surgir a las semanas de vivir en Whitehawk. La casera, cuya peluquería se encontraba justo al lado de nuestra vivienda, se dio cuenta de que yo no estaba allí de paso, sino que me había instalado y tenía mi propia llave. Al principio intenté pasar desapercibida y no llamar la atención, pero con el tiempo fue casi imposible. La situación ya era evidente, así que quedamos para hablar con ella.

Le explicamos la dificultad de encontrar una vivienda para un inmigrante recién llegado, le dijimos que aún no me había dado tiempo a ahorrar lo suficiente para pagar un alquiler alternativo y nos sinceramos con ella: queríamos vivir juntas porque de otro modo, se me habría hecho muy duro quedarme en Brighton. De hecho, no sé cuánto tiempo habría aguantado sin mis amigas. Tras discutir con ella en varias ocasiones intentando que entrara en razón y apelando a su pasado de padres inmigrantes, lo único que conseguimos fue un ultimátum: o pagábamos más, un extra  de 150 libras más al mes entre las tres o me tenía  que ir del piso en el menor tiempo posible. Una semana como mucho.

Nos indignamos, no por el dinero en sí, sino porque intentó sacar tajada económica de una situación muy precaria. Chicas jóvenes, con el dinero justo en otro país. Ella arrendaba la vivienda, no alquilaba por habitaciones. No nos ofreció ninguna cama supletoria, ni alternativa y yo llevaba durmiendo en el sofá más de dos meses. Sólo quería más dinero. Jamás pensé encontrarme en una situación así. Pasé unos días muy angustiosos porque me veía en la calle. Así que no nos quedó otra que pagar más por una casa que no merecía la pena. Pero, nos pusimos las pilas para buscar otro piso.

Nos dio un margen de tiempo para encontrar otra vivienda, pero era bastante complicado por el precio desorbitado de los alquileres. Además se acercaba el verano y eramos conscientes de que los precios subirían. Una fecha difícil para encontrar algo asequible ya que medio Londres, aterriza en Brighton buscando sol y playa y muchos estudiantes extranjeros vienen a pasar el verano y a aprender inglés. Con lo cual Brighton se peta y no cabe un alfiler. La presión y  la premura para mudarnos nos hizo pagar lo que nos pidieran . Al final, casi de una semana a otra, cerramos los ojos y nos dirigimos a una agencia en la que, por supuesto, tuvimos que pagar por adelantado 1.300 libras por barba. 3.900 libras en total para poder acceder a una vivienda con dos habitaciones y un baño. Es decir, pagamos entre las tres 5.280 euros de una tacada para no quedarnos en la calle. Todos los ahorros de un año. Además, yo no era indefinida en el trabajo (como mis amigas) y mi situación era muy precaria como para meterme en un alquiler de las características que ofrecían las agencias inmobiliarias, pero si queríamos seguir viviendo juntas, no había otra cosa.

Actualmente, después de quitar impuestos, el depósito y el montante económico de 250 libras por quitar el piso del mercado, estamos pagando 900 libras al mes (1.220 euros) por nuestro nuevo hogar, 300 cada una. Así que, en el fondo, somos conscientes de que el piso está muy bien  para la cantidad que pagamos porque se encuentra mucho más cerca del centro y es espacioso. Con el tiempo descubrimos, de que había gato encerrado.

Así, casi de un día para otro, y tras tres meses de convivencia en la casa de los enanitos, dejamos Whitehawk, empaquetamos las cuatro cosas que teníamos y pusimos rumbo a Edwart Street, nuestro nuevo hogar. A mí no me había dado casi tiempo a deshacer la maleta así que me ahorré trabajo. Dejamos atrás la cama tetris, la postura momia y nuestros largos paseos de casi una hora después de currar para llegar a casa. Y con Whitehawk también dejamos atrás a dos grandes compañeros y vecinos, Inma y Diego que por la misma fecha que nosotras pusimos rumbo a otra casa, ellos pusieron rumbo a Murcia para retomar la vida que dejaron allí. Cambio de vecindario, cambio de etapa. Se cerraba un ciclo y se abría otro.