Brighton: la montaña rusa emocional

Los días en Brighton eran largos. No sólo por las intensas jornadas de trabajo, sino en sentido literal. A las cinco y media de la mañana era totalmente de día y un sol de justicia se colaba por la puerta de la terraza que era nuestra única salida al exterior. No teníamos ventanas en casa. A veces, te despertabas desorientada creyendo que llegabas tarde a currar, creyendo que eran las doce del mediodía, que el despertador no había sonado. No teníamos persianas, así que una de dos: o metías la cabeza debajo de la almohada o te comprabas un antifaz. Y si los días eran largos, algunas noches, más aún.

Cuando llegó Mayo y el calor comenzó a hacer mella en una cama de 1,60 donde dormíamos tres y no cabía ni un alfiler, decidí pasarme al sofá para no abusar de la solidaridad de mis compañeras. Así, pudimos descansar todas algo mejor. Por aquella época me pasaba el día quitando bandejas durante nueve horas en la cafetería, con lo que aquella especie de sillón con cojines duros se había convertido en una tortura china que lo único que acrecentaba era mi dolor de espalda. Pero, el cansancio me vencía y lograba dormir del tirón al menos seis horas. Todo un éxito después de las noches de insomnio que venía padeciendo.

No fui la única que durmió en el sofá. Nos íbamos turnando. A veces, nos quedábamos dormidas juntas viendo algún programa basura que nos permitía desconectar por un rato de nuestra realidad y reírnos de las gilipolleces de televisión. En otras ocasiones, sobre todo cuando había vino en la cena, un invitado bastante habitual en nuestras tertulias de madrugada, conectábamos nuestra vena periodística y debatíamos con entusiasmo sobre Pablo Iglesias y Podemos o la proclamación de Felipe VI. Todo, con la perspectiva que te da vivir a muchos kilómetros de casa. Con ganas de volver en el futuro, aunque por más que lo pensáramos, no sabíamos si ese futuro estaba lejano o no.

Aprendimos a vivir al día, a no darle demasiadas vueltas a la cabeza, intentando no pensar en el mañana, tal y como aprendí de mis amigos brightonianos. Disfrutando de pequeñas cosas que antes nunca había apreciado y ahora me hacían feliz: beberme una cerveza viendo un atardecer desde el muelle, subirme en la noria, escuchar mi canción favorita, cocinar o comer galletas de chocolate sin parar en las tardes de frío invierno. Incluso ir al cine se convirtió en toda una aventura. Me hacía ilusión porque normalmente no me lo podía permitir. Dependía del mes y solo de vez en cuando. Por eso, en más de una ocasión, intentamos colarnos y ahorrar esos nueve pounds de la entrada que para nuestras economías suponían un atraco a mano armada. No teníamos mucho éxito, ya que disimular nunca ha sido nuestro fuerte, así que nos acababan cazando. Vuelta a empezar. Salíamos por la puerta y volvíamos a entrar como si fuéramos clientes, pero esta vez con todas las miradas de los guardas de seguridad clavadas en nuestros movimientos. La mayoría de las veces nos decantábamos por esa película ñoña y romanticona que tan sólo lográbamos entender al 100% en las escenas de sexo. Algo fácil con lo que mejorar oído y no nos quebrara mucho la cabeza. Las tertulias tras la pelí eran un cachondeo, parecía que cada uno se había metido en una sala de cine diferente. “¿Pero, por qué la mujer le abandona?, ¿quién era ese tipo que aparece al final, el amante?”. A lo mejor aún no éramos unos crack en el idioma, pero lo que sí estaba claro es que nos equivocamos de profesión y lo nuestro era ser guionistas de cine. Al final, cada uno inventaba lo que le daba la gana y todos tan felices. Había sido como ir a ver una película muda a la que tú le pones el diálogo.

Ir al cine y comer jamón se convirtieron en lujos persas y todas deseábamos que alguna fuera de vacaciones a casa para que trajera la maleta llena de embutido porque no nos quedaban reservas. Mientras tanto, nos conformábamos con comprar vino y pizza para animarnos tras un día duro de trabajo, volver a dormir juntas porque nos daba miedo que entrara algún violador por el cuartillo de las bicicletas y hartarnos de reír sin saber por qué. Exprimiendo a tope la experiencia, sacándole todo el jugo, llegando nuestra mochila de momentos y vivencias inolvidables que nos ayudarían a afrontar todo lo que fuera viniendo en nuestra vida

En Brighton, maduré mucho y aprendí a ser paciente, a tomarme la vida de otra manera, a vivir sin prisa, porque hasta ahora, lo único que había hecho era correr sin parar para poder llegar a algún sitio, a alguna meta, el problema es que no sabía ni a dónde. Correr, en la dirección contraria, tal vez. En Brighton frené, respiré y aprendí a saborear los momentos.

Cuando Podemos y Pablo Iglesias saltaron a los medios de comunicación, comenzaron a remover sentimientos entre la comunidad de españoles en el extranjero. Empezamos a prestar un poco de más atención a la actualidad en nuestro país, algo importante estaba ocurriendo que había revolucionado la realidad política en España. Al principio, era un tío con coleta que discutía con Eduardo Inda en La sexta noche, más tarde, Podemos ganó cinco escaños en las elecciones europeas y a partir de ahí, se convirtieron en un fenómeno mediático que generaba debate allá donde fueras. En los bares con los amigos, en el trabajo y sobre todo, en casa. A Ana, a veces, no le sentaba bien intentar cambiar el mundo a las cinco  de la madrugada. Se lo tomaba muy en serio y luego se despertaba en mitad de la noche con una especie de episodios sonámbulos diciendo que no habíamos votado en la elecciones europeas o que teníamos que ir a la Embajada a solicitar información para poder votar en las generales. “Si no votamos, no hay futuro para nosotros”, afirmaban muchos de mis amigos.

A pesar de intentar estar informadas leyendo prensa digital, ver algún que otro programa de Al rojo Vivo, La sexta noche o las última discusión entre Inda y Pablo Iglesias, la mayoría de los días, el cansancio mental nos podía y lo único que queríamos era desconectar. Así que había días que lo mismo nos daba por ver un documental sobre el conflicto palestino-israelí que por ver Sálvame, lo mismo nos daba por reír que por llorar, por comer hamburguesa cuatro días seguidos porque no teníamos tiempo de cocinar, que nos tirábamos cocinando todos nuestros días libres esas lentejas que tu madre te hace con tanto cariño y que saben tan bien cuando estás tan lejos.

Supongo que nuestras acciones denotaban  un estado de ánimo a modo de montaña rusa. Picos emocionales que bailaban entre lo excitante de los días  inolvidables en Londres y los días interminables de bajón recogiendo bandejas o limpiando durante nueve horas. A veces, íbamos a visitarnos al trabajo para darnos ánimo. A lo mejor quedaban cinco horas para que terminara tu jornada laboral, pero esas palabras de aliento de tus amigas, te daban la energía necesaria para continuar el día. Unos minutos para recargar pilas, la media hora del almuerzo que se convertía en ese momento de complicidad para contar los cotilleos del día: que han sustituido al jefe, que ha entrado una nueva chica a trabajar que se ha liado con menganito o fulanito o que la borrachera de Lucy (mi amiga coreana) había sido monumental la noche anterior. Banalidades al fin y al cabo con las que reírte un rato. Ana solía cantarme lo que para nosotras fue la canción del verano 2014: el bandejitas day y tengo que admitir que sin sus canciones de ánimo, no hubiera sido los mismo.

Costa: el bandejitas day

Mi etapa en Costa fue dura y satisfactoria al mismo tiempo. Aprendí a observar la vida con otros ojos. Allí encontré a mis primeros amigos, viví mis primeras aventuras y empecé a encontrarme a mí misma. Nueve horas quitando bandejas dan para pensar mucho, sirven para remover sentimientos y te ayudan a plantearte qué quieres hacer, para qué estás allí y cuál va a ser tu próximo movimiento. Pero, antes de dar el siguiente paso, exprimí mi etapa en Costa a fondo.

La Costa Pandi, tal y cómo denominé a mis nuevos amigos, me permitió conocer otra parte de Brighton. Una pandilla diferente, con amigos de todas las nacionalidades, la mayoría de países del Europa del Este: Bulgaria, Lituania, Rumania, Estonia, también de República Checa, e incluso de Corea. Un mestizaje cultural que despertó, de nuevo, mi vena periodística que deseaba saber más de sus estilos de vida, de qué hacían ellos en Brighton, cuánto tiempo querían quedarse allí, qué hacían antes de venir y sobre todo, dónde y cómo habían aprendido a hablar ese inglés de nota.

Eran gente viajera, de paso, que hoy vive aquí, mañana allí. Buscavidas, en el mejor sentido de la palabra que, desde luego, no están preocupados por una hipoteca ni por estabilizar sus vidas. Una mentalidad totalmente diferente. Vidas y culturas totalmente alejadas que se reflejaban en el carácter y en la forma de ser. Al principio, algunos de ellos, mostraban un cara más seria e introvertida y les costaba coger confianza, pero una vez superada esa barrera, conseguías un amigo con el que poder contar.

Con Lucy, la chica coreana, intimé mucho. Me gustaba hablar con ella, porque aparte de que hablaba un inglés bilingüe, me llamaba mucho la atención su historia. En Corea del Sur, el índice de suicidios entre la gente joven es muy elevado debido al nivel de presión que sienten con respecto a los estudios. Siempre abocados a superarse, a conseguir ser los mejores profesionales en el futuro, a tener dos carreras y ocho idiomas. Estudian durante más de diez horas al día, seis días a la semana, no hay tiempo para el descanso ni para el ocio. La productividad gobierna su vida durante 24 horas. Antes de ir a Brighton, había visto un reportaje sobre la vida en Corea del Sur, pero qué mejor que hablar con Lucy para que me contara, en primera persona, cómo ella había “huído” de ese tipo de vida. Había estudiado Políticas y algo relacionado con el Derecho Europeo, pero quería vivir su vida y se fue de Corea hacía ya cinco años. Sus padres no estaban de acuerdo con su decisión, pero Lucy no quería volver. Antes de venir a Brighton, había vivido dos años en Australia y ahora lo único que le preocupaba era que le caducaba la Visa y ya no tenía más plazos para renovarla.

Pasábamos nuestros días libres en la cafetería del Costa, tomando el sol (cuando se podía) y bebiendo café gratuito, por supuesto. Un cappuccino tras un cortado, o un batido de mocca tras otro de chocolate. Siempre buscando la manera más económica de ahorrar un poco, aunque, eso sí, cuando decíamos de salir de fiesta no escatimábamos en gastos en lo que alcohol se trataba. Empezábamos con vodka, seguíamos con tequila, con ron y acabábamos con una resaca del quince que no había manera de aguantar al día siguiente.

Mis días transcurrían en un ir y venir de bandejas y las horas en Costa pasaban lentas, sobre todo, en esos días de resaca, cuando parecía que el reloj de la cocina se había roto. Las jornadas eran interminables. La única distracción era chapurrear inglés con algunos clientes que querían ligar contigo y así, los minutos se hacían un poco más livianos. Pero, la verdad, es que los días que trabajaba con Tomas, mi amigo checo, no me acordaba tanto de mirar la hora. Risas, charlas en la cocina y merendolas cuando no había ningún jefe merodeando. Comenzamos a trabajar juntos y conectamos muy bien.

La comunicación se hacia un poco difícil porque ninguno de los dos éramos unos linces con el idioma y había muchos malentendidos que provocaban, a veces, situaciones cómicas que hacían que nos riéramos durante horas. Hablábamos de nuestra vida, de lo que nos había llevado a Brighton, de nuestras expectativas e ilusiones. Él no entendía nada de lo que yo le contaba: “¿Una periodista, en Costa?”. “Sí, la crisis”, contestaba yo. Pero me miraba incrédulo, como si no entendiera muy bien. Él no había estudiado nada, tampoco quería. Comenzó a trabajar desde muy joven y había sido un aventurero. Había vivido aquí y allí, siempre trabajando en hostelería. Si le hablabas de futuro, te contestaba con un mañana. Ese era su futuro, no había más. Yo, cada vez que algún cliente se dejaba un periódico en la mesa me lo llevaba a la cocina y lo ojeaba, intentaba traducirlo, miraba las fotografías y el diseño y cuando terminaba siempre decía: “Tomas, algún día escribiré aquí”. Él me miraba muy serio y me decía, “por supuesto.  Cuando domines el inglés, serán tuyos”. Pero aún quedaba mucho.

Al principio, pasaba mis días en la cocina poniendo lavavajillas y recogiendo mesas, pero no había momento que no me quejara y pidiera pasar a caja. En un par de semanas, lo logré, pero sólo durante media jornada, porque había veces que no lograba entender a los clientes y me mandaban de nuevo a recoger bandejas. Me gustaba tener trato con el público, pero me resultaba muy difícil al mismo tiempo. Había que ser chica multitarea y a la vez, muy rápida, porque en el plazo de diez segundos, con una cola inmensa, tenías que coger la orden, cantarla a los compañeros que estaban en la cafetera, cobrar en una pantalla principal donde había 6 páginas de menú y preparar todas las bandejas (que dependiendo del café iba acompañado de plato grande, pequeño, mediano, cuchara larga o corta… un follón). Se consigue coordinar con el tiempo, pero al principio mi cerebro se colapsaba y me resultaba casi imposible.

Las largas colas que salían por la puerta acrecentaban la presión que ya de por sí sentía cuando te enfrentabas a clientes que aparte de hablar rápido y muy bajito, pedían ocho tipos diferentes de cafés con sus correspondientes modificaciones: uno con crema, el otro con leche fría, el otro con algodones…Así que aparte de la tener que afinar el oído más que en un exámen de listening del Advance, había que tener una gran memoria, casi de elefante.

A las dos semanas me acostumbré a la caja, prueba superada. Eso sí, Carla, “La gallega”, me ayudó mucho cuando yo no lograba entender a los ingleses. Ella llevaba viviendo en Brighton más tiempo y su nivel era bastante bueno, así que pegaba el oído y me traducía por lo bajini. Aún así, tuve algún que otro percance con algún cliente estúpido que me costó una bronca de mis jefes. Recuerdo, de hecho, un día en el que no entendí la orden y contesté con un ¿what? que en Inglaterra está considerado de muy mala educación. Una respuesta rápida que en el fondo , quería decir ¿Can you repite please?, pero la presión me jugó una mala pasada y el cliente puso una reclamación. Primera visita con el jefe y casi última. Una semana más tarde dejé la cafetería. Otra nueva etapa se abría en Brighton y el destino me tenía reservadas nuevas sorpresas.