Costa: una nueva forma de ver Brighton

Dejé el hotel y con él, también dejé en manos de la suerte mi destino en Reino Unido. Sabía que si no conseguía otro empleo, lo antes posible, tendría que hacer la maleta de nuevo rumbo a Granada, pero cerré los ojos e intenté no mirar atrás. “A lo hecho, pecho”, como se dice. Lo intenté, que no quiere decir que pudiera. De hecho, tuve más de una tarde de desesperanza, acompañada por picos de arrepentimiento por haber dejado ese empleo. No quería volver tan pronto a Granada sin ni siquiera haberme dado la oportunidad. Y ahora, tocaba esperar.

Tardes tristes y lluviosas del mes de Abril en las que pierdes la noción del tiempo porque a las cinco de la tarde ya es noche cerrada y miras el reloj creyendo que son las doce. Cuando ya no sabes distinguir si tienes hambre porque está oscuro ahí afuera y crees que es hora de cenar o porque estás aburrida y no sabes qué hacer. Tardes de soledad, esperando a que tus amigas salgan del trabajo y vuelvan a casa para contarles que hoy tampoco ha sonado el teléfono. Así pasé algunos días y algunas semanas. A la espera. Mirando si en la pantalla de mi móvil aparecía algún número inglés y preparándome mentalmente para contestar, cuando ocurriera.

Mientras tanto, intercalé esas tardes grises, con natación y algunas clases de inglés que me ayudaron a conectar con otra gente y a conocer otras formas de vivir la vida en la ciudad. Me empachurré mis ahorros en España en una academia para sacarle partido al tiempo libre e ir más preparada a las entrevistas, cuando surgieran. No sabía cuánto iba a durar la espera, pero cruzaba los dedos para que me llamaran cuánto antes, porque los euros comenzaron a caer en picado al convertirse en libras.

Me apunté a una academia céntrica que no andaba mal de precio (a unas 6 libras la hora). En mi clase, coincidimos estudiantes de todas las nacionalidades (Turquía, Alemania, Francia, Italia e incluso Irán, Marruecos o Palestina). Gente joven de entre 18 y 25 años que movidos por las ganas de aprender inglés se habían venido a Brighton a pasar la temporada primavera-verano, tras el duro invierno. Los españoles se podían contar con los dedos de la mano, lo cual era perfecto para mejorar el idioma. Además, no sólo le di un empujón al inglés, sino que aprendí mucho con los debates que se generaban en clase para poner en práctica el Speaking. Hablábamos de todo: de política, de religión, del valor de la amistad, de la infidelidad, la pena de muerte o la tenencia de armas en Estados Unidos. Creédme, podía llegar a ser muy interesante escuchar opiniones tan diversas como chocantes. De hecho, la profesora paraba la clase para preguntar a la chica iraní o a la chica turca cómo se concebía la infidelidad en sus países o que nos contaran alguna anécdota personal de casos que ellas hubieran vivido. De esos temas y otros.

Una etapa extraña, a caballo entre la chica estudiante que, en el fondo, me hubiera gustado ser y la chica trabajadora en la que luego me convertí. En clase, había muchas chicas au pairs, unos cuantos chicos que podían dedicarse plenamente a los estudios porque sus padres les enviaban cantidades ingentes de dinero todos los meses y, de nuevo, me sobraban dedos de la mano para contar a los chicos trabajadores, los que después de jornadas agotadoras en trabajos extenuantes físicamente, sacaban fuerzas para venir a clase. Es difícil. Yo lo intenté al principio, pero acabas pereciendo.

Entre unas cosas y otras, sonó el teléfono y llegó mi segunda oportunidad laboral. Una cadena multinacional de cafeterías: Costa Coffee Shop. El trabajo continuaba siendo igual de duro fisicamente. Una media jornada de veinte horas pagadas a un poco más del mínimo fijado en Inglaterra, a 6.76. Céntimos al fin y al cabo que te dan para malvivir, aunque debido a que dividíamos el alquiler entre tres, pude disfrutar un poco más de la vida en Inglaterra: salir, hacer algún que otro viaje a pueblos y ciudades cercanas como Lewes o Arundel y tener tiempo libre para estudiar un poquito más de inglés. Me pagaban por semanas. La primera vez en mi vida laboral que me pagaban cada siete días, aunque debo admitir que me administraba mejor.

No suele haber muchos españoles en este tipo de compañías de marca inglesa y además, hacen una fuerte criba, aunque su política de empresa les empuja a tener a personal de todas las nacionalidades: checos, polacos, lituanos, rumanos o húngaros. Mucha gente de países de Europa del Este viene a trabajar a Brighton movidos por diferentes motivos; falta de empleo, otra manera de ver la vida o circunstancias personales. La última moda en Brighton: la comunidad española que, debido a la crisis, viene a trabajar aquí en masa.  Nada de aprender inglés de academia. Se viene a currar a base de bien y el inglés se aprende a base de tener que afinar mucho el oído con clientes impertinentes  y con jefes que te dan cien ordenes en un inglés cerrado en menos de una fracción de segundo. Eso sí, mis compañeros tenían un inglés de nota y con ellos, descubrí una nueva forma de ver la vida en la ciudad. Una experiencia vital que me hará más fuerte.

El trabajo era duro porque empecé en la cafetería más concurrida de todo Brighton, enorme. Dos plantas gigantes. Situada en la plaza más animada de la ciudad, al lado del centro comercial, Churchill Square. En días de lluvia, se llegaban a formar enormes colas que salían por la puerta y la cafetería no daba a basto. Había que hacer cafés, obviamente, pero también llevar bandejas pesadas y limpiar mucho. Si te tocaba cierre, como se suele decir, “tonto el último”. Te tocaba limpiar casi toda la cafetería y la cocina a fondo. Al principio, no te rotaban. Quitabas bandejas durante nueve horas sin parar y punto. Luego, te pasaban a la máquina de café y a la caja, pero con el tiempo. Muchos cafés. Yo, que cuando llegué, no sabía ni lo que era un café americano. No soy muy dada al café porque me pone nerviosa, pero en Costa me hice casi una experta. Mis tardes transcurrían entre cortados y expresos, y os puedo asegurar que, en ese momento, sabía diferenciar mejor un Latte  de un Mocca, que una crónica de un reportaje.

Cuando entré en Costa, mi inglés había mejorado. El académico quiero decir, porque en la práctica, se me hacía muy duro tener que hablar durante más de nueve horas de trabajo en inglés. Puedes llegar a sentirte incluso aislado, porque si ya de por sí es difícil integrarse en un nuevo empleo, imagínate si te limita el idioma. Pero, la simpatía es universal y mi nivel de inglés me dio lo suficiente como para hacer amigos desde el primer día. Eso sí, tengo que decir que Carla, “La gallega”, la otra chica española que había de entre los más de veinte empleados que componíamos la plantilla, me echó algún que otro capote al principio. Sobre todo, con los jefes ingleses, que aunque eran buena gente, no había manera de entenderles, a veces. La gallega y Tomas, mi otro compañero checo se convirtieron en mis mayores aliados.

Podría contar cien mil anécdotas, pero la mejor es las cantidades de comida industriales que nos llevábamos de la cafetería. Estuvimos durante más de dos meses comiendo y cenando a base de la empresa. Como decíamos nosotros, ¡qué mínimo! Si es que debería de estar incluido en el sueldo. Y no, lo cierto es que había descuento de empleado, pero había que pagar. Teniendo en cuenta que llenar la nevera en Inglaterra puede ser toda una odisea debido al precio de algunos alimentos como la carne y el pescado, Costa nos salvó la cena en más de una ocasión. Creamos un lema: A costa del costa y en casa nos hicimos aficionadas a los bocadillos de bacon con queso brie. Al menos, nos ahorrábamos algún dinerillo en cenas.

Mis primeros empleos: de hacer camas a poner cafés

Sí, a mí también me tocó limpiar váteres en Inglaterra. Yo, no iba a ser menos. Una experiencia más entre la de cientos de jóvenes emigrantes que llegan a Reino Unido en vuelos low cost buscando un futuro “mejor”. Algunos de ellos, ya han contado sus historias en internet e incluso hay quien ha llegado a escribir un libro con su experiencia. Un chico que, cabreado con el mundo, un día, le dio por escribir en twitter:“ Tengo dos carreras, un máster y limpio baños en Londres”, revolucionó las redes sociales, saltó a la prensa, le editorial Planeta le fichó y, ahora, su experiencia se puede comprar en librerías. La mía, ya la podéis leer aquí. Cambio de nombre, de edad, de carrera o apellido, pero ya veis que, como él, cientos.

El caso, es que no se me ocurría cómo empezar a contar mi historia y tuve un par de intentos fallidos en varias ocasiones. Borré, retoqué y reescribí cien mil veces ese primer párrafo sobre mi primera experiencia laboral en Inglaterra, pero la inspiración no vino a mi encuentro y decidí aparcar la hoja en blanco por un rato o por un largo  periodo de tiempo, mejor dicho. Me topé con ella un domingo a las dos de la mañana, con un par de vasos de vino encima y escuchando una de esas canciones pastelosas que te ponen los sentimientos a flor de piel. Me abordó silenciosa en uno de mis momentos débiles, en uno de esos días malos en los que echas de menos las sábanas recién limpias de casa y el olor a hogar que dan las lentejas de tu madre. Uno de esos días en los que no le encuentras sentido a estar tan lejos, sobre todo con la Navidad a la vuelta de la esquina. Y ahí, piensas en pillar un billete de vuelta e irte igual de rápido que has venido. La segunda opción es agarrar el ordenador y escribir sin parar.

Casitas de playa en la zona de Hove, Brighton

Casitas de playa en la zona de Hove, Brighton

No encontraba el enfoque, ni las ganas, ni el entusiasmo necesario para expresar cómo me sentí la primera vez que me vi con el traje de faena y el mocho de limpiar el polvo. De hecho, pensaba pasar por alto esos primeros días en los que no me reconocía a mí misma en el espejo con esa cesta llena de productos de limpieza y una escobilla del váter. Pero, más tarde reflexioné y decidí no contar la película a medias, porque hasta los finales más gloriosos (si es que los hay) tienen inicios duros. Y no quisiera que nadie me malinterpretara, que limpiar es muy digno y todo eso. Esa cuestión no entra a debate, pero supongo que todos estarán de acuerdo conmigo en que limpiar no es la opción más deseable ni justa para los jóvenes de la generación más preparada.

Así, en mi día libre y tras una semana de infarto trabajando a destajo 9 horas en Tiger en plena campaña de Navidad (mi cuarto empleo desde que llegué), no se me ocurrió otra cosa que rescatar de mi memoria esas emociones del primer momento en el que me vi en ese pequeño cuartillo derruido y viejo del número 9 de la calle Regency, rodeada de sábanas y toallas (limpias y sucias), de aspiradoras, fregonas y productos desinfectantes que no había visto en mi vida. Con una cesta a cada mano. La de reponer el jabón, el café y los dulces (de la que solíamos picar algo entrehoras, cuando el jefe no nos veía) y la que estaba llena de trapos y lejía. Tengo que reconocer que aparte del día de limpieza establecido en mi piso de estudiantes, donde nos repartíamos por semanas cocina, baño y salón, nunca he sido muy propensa a coger una escoba por amor al arte.

En un principio, rehuía de ese tipo de empleos y lo único que intentaba era arañar horas al día para encontrar otra cosa en el sector de la hostelería o en el textil. Pero, no es fácil al principio, y la premura de encontrar un trabajo lo antes posible para poder afrontar gastos y no tirar de ahorros, pudo conmigo. A los cuatro días de estar en Brighton y aún viviendo en el hostal, una amiga me ofreció trabajar en un hotel y no lo pude rechazar. Con el autobús a 2,50 libras, los cafés a 3 y la pinta de cerveza a 4, no me lo pensé.

El sueldo no era mucho, el mínimo inglés establecido por ley: 6,50 la hora. Por eso, era mejor no ser muy rápida haciendo las tareas, ya que de eso dependía tu salario. En otros hoteles, a las chicas les pagan por habitación, aquí no. Mejor. Así te entretenías en pasar el trapo cuatro veces por el mismo sitio.

Brighton Wheel en el paseo marítimo, uno de los atractivos de la ciudad.

Mi primer curro en un pequeño hotel de 13 habitaciones de estilo victoriano en pleno paseo marítimo, con una vistas impresionantes al antiguo Pier desde la habitación 3 (la suit) y unas escaleras de infarto que le hubieran destrozado las rodillas, de tanto subirlas y bajarlas, hasta al mismísimo Robocot. Toallas mojadas arriba, toallas mojadas abajo, sábanas limpias arriba y abajo. Pero lo peor era cargar con la aspiradora hasta el último piso sin ascensor. Cinco plantas de gimnasio gratuito, en la que, mis compañeras y yo, nos hartábamos de asistir a la clase de GAP (Glúteos, Abdominales y Piernas). A partir de ese día, mis músculos llevan grabado a fuego ese movimiento de subir y bajar escaleras y con solo ver unas, me entran agujetas.

Mis compañeras, también españolas. Una de ellas, licenciada en Audiovisual, la otra Periodista. Desde luego, que ni a posta. Todas del sector de la comunicación. Jóvenes en paro en la búsqueda de su primera oportunidad laboral en un país donde, aunque hay trabajo, no es tan fácil escapar de ese primer empleo haciendo camas o friendo patatas en un McDonald’s. Mi jefe: un entrañable y solitario inglés de 45 años con problemas con la bebida. Un cuatro por cuatro, con la cabeza llena de canas, muchas aventuras y con un punto de locura. Apasionado de blue roll (rollo de papel con el que se limpia todo en Reino Unido y los ingleses no saben vivir), de la vela y de las salchichas del Lidl, con las que solía hacer el desayuno. Le conocimos alguna que otra novia que solía llevar al hotel, pero nada importante. Se convirtió en un buen amigo con el tiempo con el que poder practicar el idioma sin necesidad de tener que afinar muchísimo el oído porque su acento era bastante claro.

A pesar de que sólo trabajé allí durante dos o tres semanas, tengo unas cuantas anécdotas graciosas que contar, acompañadas de más de un episodio de risa floja. Éstas pasan por las típicas pilladas a clientes en la habitación cuando vas a hacer el servicio de habitaciones hasta gritos desesperados de la quinta a la primera planta del hotel llamando a mi amiga, porque no encontraba la entereza suficiente para quitar esos regalitos inesperados que algunos clientes te dejan de recuerdo. Y sin entrar en detalles que cada uno imagine lo que quiera.

Así, en tres semanas, dejé el hotel, me despedí de mis primeras amigas, agarré mi macuto y  me marché. Mientras bajaba por las escalares con camino a lo desconocido, me volví a mirar en el espejo y me reconocí. Valiente, con ganas de comerme el mundo y con el periodismo en vena y en mi imaginación me sentí como esa presentadora de cuatro del programa 21 días (justo el tiempo que estuve limpiando). Una experiencia más que contar a los nietos. Pegué un portazo, sonreí para mis adentros y salí a respirar el aire del seafront convencida de que quien no arriesga no gana.